sábado, 2 de mayo de 2009

Desde el corazón de la música: el cannabis y la música en el África Negra


El antropólogo se llegó a la aldea nuer del Alto Nilo donde sus habitantes vivían siguiendo los usos del Neolítico. E.E. Evans-Pritchard anotó en su cuaderno de campo lo que le pareció un rasgo de mera extravagancia consistente en masticar cierta raíz vegetal cuya sola utilidad parecía ser la de tiznar la boca de un rojo intenso. Acto seguido, siguió escribiendo, el sujeto parecía perder su normal juicio y su comportamiento se tornaba errático. Llegaban después las danzas, a las que se entregaban tanto jóvenes como mayores, y estas podía durar una noche entera, desde el ocaso al amanecer. Nunca el pionero de la ciencia antropológica, que se hacía acompañar de un servicio de té completo en sus andanzas por el África profunda, halló ningún tipo de explicación medianamente satisfactoria al fenómeno.

Una vieja magia negra

La historia de la música popular del pasado siglo se define en la palabra “afroamericano”, de donde el encuentro entre lo que nace en el continente madre de todas las músicas, y lo que germina en tierras del nuevo mundo para, con frecuencia, devolverse a su lugar de origen transformado y habilitado al efecto. Son los cantos flamencos de ida y vuelta, la rumba congoleña, el gospel sudafricano...

“Afroamérica” es canción y es plástica, un modo de cocinar y una forma de razonar que lo engloba todo. “Afroamericano” es la forma en que un afroamericano piensa y se desenvuelve a la vez que un cierto estado mental bien entendido que, en el universo afroamericano, nada nace de la nada y el gesto se explica en la repetición de un gesto anterior. Scratch Perry, productor y uno de los padres fundadores del moderno reggae, soplando el humo del/la ganja sobre el “master” para insuflarle sabor local pudiera parecer un simple desvarío, de no ser porque con ello reproduce el mismo gesto que han venido repitiendo los tamborileros wolof por siglos, sustituyendo la cinta magnetofónica por el parche del tambor y el/la “ganja” por el/la “dagga”, siendo ambos el mismo fruto de la misma planta.

El uso de cannabis, unido al poder sugestivo de la cadencia musical, se halla consolidado en la africanía hasta constituir un elemento constante en la práctica totalidad de las culturas tradicionales. Incluso entre los primeros coptos cristianos, se utilizaba la hoja de cáñamo a modo rudimentario “botafumeiro”. Los sacerdotes blandían el recipiente humeante sobre las cabezas de los fieles, como se hace en la catedral de Santiago de Compostela, en fechas señaladas. El efecto entre la concurrencia, puede imaginarse.

Es así que la modernidad africana, en lo tocante a la grey musical, ha seguido en el consumo generalizado de la sustancia entre cuyas propiedades se cuenta la de potenciar la agudeza de percepción auditiva. La marihuana –el hachís- es tan común al músico africano como lo es al músico de jazz y a cualquier músico. Quien esto escribe recuerda época remota en que se dio la primera visita de un grupo de afro-pop a nuestro país. El escenario fue la discoteca M & M de la Villa y Corte erigida, por obra y gracia del “Mariscal Romero”, en nuestro Marquee doméstico. Por aquel espacio diminuto y mas bien cutre desfiló lo más granado del pop inglés de segunda fila junto a algún grupo de jazz-rock, alguno incluso bueno, como Soft Machine. Una noche tocaron Osibisa. Quizá el lector recuerde al grupo anglo-marfileño que, en algún momento, alcanzó una cierta popularidad con sus interpretaciones de estilo “high life”.

En un tiempo en que, en Madrid, no se veían más negro que el de la hucha del Domund en día de colecta, se nos ofrecía el espectáculo de la negritud expresado en una orgía de tambores, sonrisas “profidén” y túnicas pintureras. Frente al rock tosco y pretencioso de los conjuntos al uso, Osibisa nos aplicaron un bálsamo contundente pero ligero y flotante. Nosotros, los oyentes, flotamos entre una marejada de ritmos arrebatadores, y ellos, los músicos, sobre una nube espesa y aromática cuya entraña, en mi juvenil inocencia, no acerté a reconocer. Su olor peculiar y exótico me acompañó por meses.


Los mesías del “porro”


La modernidad militante y nacionalista encarnada en el “afrobeat” pan-africano, hizo del uso y consumo del hachís una forma de manifestarse en contra de lo establecido, la hipocresía de la clase dirigente y la discriminación racial. Entre los jóvenes airados, en los barrios marginales de Lagos y Kinshasha, liarse un “peta” vino en constituirse en una forma de protesta tanto como una manera de relacionarse entre sí.

El nuevo mesías se llamó Bob Marley, redentor de los oprimidos del mundo y consumidor compulsivo de “ganja”. Como tantos de sus conciudadanos, Marley tenía su mirada puesta en la tierra de sus antepasados que es la del señalado para dirigir a la nación Rastafari, el emperador Haile Selassie. Bien es cierto que su “África unida, levántate y lucha” acabó transformado en un conformista “no te preocupes por nada porque todo irá bien” tras el atentado de que fue objeto por parte del Partido Conservador Jamaicano (y alentado por la CIA).


Marley podía ser un icono pero en ningún caso era la solución a los problemas del continente negro. Así las cosas, el nigeriano Fela Kuti vino a establecer el sentido de una lucha que tomaba el triple camino de la revolución política –hay que destituir a los corruptos que nos gobiernan-, sexual –hay que fornicar cuanto más, mejor- y psicotrópica: si el jamaicano se mostraba en la portada de su disco “Catch a fire” trasegándose un caño del grosor de un dedo pulgar, el “Presidente Negro” no iba a ser menos y pasó a retratarse en un pasquín publicitario aspirando una trompa humeante del tamaño de una pequeña nación africana.

Obstinado y contradictorio, Fela fue un grano en el culo para la cadena de generales sucedidos en el poder a golpes de estado: Gowon, Murtala Mohammed, Olusegun Obasanjo, Buhari... quien un día es amigo y mecenas al siguiente envía un destacamento del ejército para arrasar la “República de Kalakuta”, ciudad aparte en el centro de Lagos donde el músico dictaba su ley sobre una población heterogénea de marginados y prostitutas. En el aire flotaba una neblina de marihuana y el “hot”, la ginebra de las calles de Nigeria, fluía sin restricciones. Los ataques y detenciones masivas se sucedieron. En el año 1996, Fela, junto con otras mil personas, incluyendo la casi totalidad de sus esposas, fue arrestado por fumar marihuana: durante semanas, su paradero fue desconocido. El incidente quedó reflejado en una pieza de título contundente: ´Shit (“mierda”).

El mayor mito del África contemporánea falleció ahogado en sus propios vómitos el 2 de agosto de 1997 a raíz de las complicaciones provocadas por el SIDA, enfermedad que nunca reconoció padecer y cuya misma existencia negaba (siempre consideró que el uso del preservativo constituía una conspiración de los blancos para reducir la tasa de natalidad de los negros). Sus dolencias, las achacaba a problemas puntuales suceptibles de ser aliviados usando únicamente hierbas. En su opinión, no existía enfermedad que la marihuana no pudiera curar. De hecho, mantuvo su fe en las propiedades curativas del cáñamo hasta el último aliento insistiendo en que le fuera permitido fumar aún cuando el Departamento Nigeriano Anti-droga, dirigido por el General Bayami, intentó hasta el último momento impedirle su uso recurriendo a toda clase de tretas legales.

Fela hablaba claro. Nunca se vio a ningún artista africano hablar tan claro como él sobre el efecto liberador de la marihuana, la libertad sexual, la magia antigua o la libertad sin decretos. Excepto Fela, el músico africano es puribundo y poco dado a hablar de sus cosas. No se le pida a la megastrella de turno –los casos de Miriam Makeba o Alí Farka Touré- su opinión acerca de cuestiones tales incluso cuando el senegalés se halla presentado a la actuación en una situación que pudiera dar pie a elucubraciones sobre su dieta alimenticia sólida, líquida y gaseosa. Añádase a ello el escaso número de músicos africanos que se han vistos envueltos en algún tipo de escándalo por posesión o consumo de sustancias prohibidas, frente a los numerosísimos casos que se han dado de detención por conducir temeraria, robo a mano armada o tráfico ilegal de personas haciéndolos pasar por músicos. De los pocos ejemplos que se conocen, destaca el del cantor Souleymane Faye, llamado “el James Brown de África”, ex-componente de Africando y Xalam y uno de los creadores del “mbalax + soul”. Faye, que ha anunciado su vuelta a los escenarios limpio de polvo y paja, fue repetidas veces detenido por abuso de drogas y alcohol, pasó temporadas en la cárcel en Italia y tuvo innumerables encontronazos policiales durante su estancia en Nueva York que terminaron con su deportación.

Dato al margen: el “Presidente Negro” ofreció su único concierto en España en una discoteca para “pijos” de la zona alta de Barcelona; un evento memorable que culminó con el susodicho siendo objeto de un intento de asesinato por parte de alguna de sus esposas. Ironías del destino, el hoy reverenciado “padre del afrobeat” apenas convocó a un par de centenares de seguidores.


Ecos de la vida loca


Los años 90 vieron morir a una mayoría de los creadores del “afro beat” y la rumba congoleña en circunstancias, muchas veces, comprometidas. El caso de Franco Luambo Congo (Zaire) y Philly Lutaya (Uganda), quienes grabaron discos contra el SIDA poco antes de que la enfermedad acabara con ellos. El SIDA es un castigo divino como Sodoma y Gomorra. Reza a Dios por tu salvación (“Attention na SIDA”, Franco Luambo). Tampoco queda apenas rastro del corpúsculo de extraordinarios músicos sudafricanos residentes en el londinense barrio de Brixton, centro de la población afro-jamaicana en la ciudad, bien conocido por los aficionados al cannabis y sus derivados. Junto a Chris McGregror -pianista, blanco y director del cotarro- figuraban el trompetista Mogenzi Feza, el contrabajista Johnny Dyane y el batería Louis Moholo, a quienes puede escucharse en algunos discos memorables del batería y cantante Robert Wyatt, acompañando a “estrellas” del reggae -Burning Spear- o con la propia Brotherhood of Breath, posiblemente la mayor concentración de adictos a cualquier tipo de materia tóxica en la historia de la música. Muchos de sus componentes han visitado España en alguna ocasión: quien esto escribe, no halló nunca a ninguno en estado de sobriedad. El caso del saxofonista Mike Osborne –acabó su vida de lavaplatos en un tugurio de mala muerte- y el del también saxofonista Dudu Pukwana, quizá el solista más destacado de todos ellos, aunque no necesariamente el mejor.

A Dudu, fallecido el 29 de junio de 1990, pudo vérsele por estos pagos con cierta frecuencia y algunas de sus grabaciones fueron distribuidas para escarnio de quienes, todavía, seguían pensando en la música de Jefferson Airplane como el no va más en materia alucinógena. Las improvisaciones de Pukwana & cía se llegan a territorios cercanos a los del “happening” por la vía de la espontaneidad: la masa sonora toma cuerpo en forma casi milagrosa hasta reventar en un “big bang” inefable siguiendo un proceso parecido al del trance místico (aunque, de místico, hay poco en la música liviana, feliz y explosiva de Pukwana). No busque el oyente sutilezas técnicas ni pretenda que todos toquen afinados un tiempo. Interpretaciones como “Baloyi” o “Ezilalini”, ambas contenidas en el recopilatorio “In the townships”, se escuchan tanto como “se palpan” y “se huelen”. El oyente se siente parte de lo que mas bien parece un “party” salvaje que otra cosa. E, inevitablemente, surge La Gran Pregunta: ¿qué circuló por el estudio antes y durante la grabación?. Escuchando estos discos, me ha sorprendido lo avanzados que resultan. Mientras las voces recorren la escala musical como un cantante de opera borracho, el piano toca unas pocas notas y la batería parece haberse vuelto loca. ¿Constituye todo esto un fenómeno verdaderamente espontaneo?.

El periodista Struan Douglas se pregunta a sí mismo y le pregunta a Louis Moholo, único superviviente del grupo y actual líder de la Dedication Orchestra, formación con la que recrea el repertorio de Brotherhood of Breath. Todo era completamente espontáneo siguiendo el procedimiento de mi profesor de filosofía quien solía tomar dosis razonables de drogas en el campus y, acto seguido, se dedicaba a brincar por aquí y por allá haciendo todo tipo de cosas peculiares solo para probarse a sí mismo que tenía la capacidad de actuar libre y espontáneamente.


Los nuevos tiempos


La “new age” ha llegado, también, al continente africano. Ahora, los niños de la guerra van armados con Kaláshnikov y fuman “bangui” mientras sus colegas de la calle inhalan cuanto hallan a su paso y la elite musical no quiere oír hablar de pasados excesos. Remmy Ongala (Tanzania) previene en sus canciones contra el uso de las drogas; Alpha Blondy, de Costa de Marfil, se explaya acerca de las virtudes de la vida sana: de aquí, a un afro-reggae sin “ganja”, va un paso. Y qué decir de Femi Kuti, hijo primogénito del “astro”, de quien es su antítesis perfecta: excepto por su música, Femi es el exacto reverso de su padre. Es pragmático, conciliador en lo político, aseado en su físico y en absoluto promiscuo (es de creer que utiliza condón en sus relaciones sexuales). Al contrario que su progenitor, Femi habla de la realidad del SIDA, las bondades de la medicina occidental y no toma drogas, ni siquiera marihuana, cuyo consumo abandonó hace algunos años para no acabar como mi padre.

La ambigüedad que define al músico africano del 2000 se aplica a quienes recrean los ritmos de moda en los USA dotándoles de un sentido inverso al original. Existe una corriente conservadora del rap y el hip hop que es la que predomina en Senegal y Malí y tiene por principales representantes a músicos y compositores de religión islámica o cristiana: Positive Black Soul, Doug E.tee, Daraa J, DJ Awadi, Domou Jolof, Bideew Bou Bess, Sunu Flavor, Pee Froiss...

En Senegal, como en Malí y demás países de la región, desde las mezquitas se decreta la limpieza de contenidos inmorales de las melodías que escuchan nuestros hijos por la Radio al tiempo que se excluye a la mujer del acontecimiento musical. El rap senegalés promueve un social-africanismo integrador y no violento de cara limpia. El término que más se escucha es “Salaam” (paz). Faada Freddy “sampleando” No woman no cry, de Bob Marley: contra la injusticia, tolerancia y, como mucho, algún porrito. Un caso excepcional, el de “Art. 158”, interpretación del grupo CBV en la que se alude en tono crítico a un artículo del Código Penal del país que penaliza la posesión del/la “yamba”.


África negra

NOTA: La selección se ha realizado teniendo en cuenta la trascendencia de la obra en cuestión tanto como su actualidad y disponibilidad.


Bibliografía

Robert Palmer, Amiri Baraka, JH Kwabena Nkeita: Griots of West Africa & beyond (CD + libro). Ellipsis Arts.1996
David Copland: In the township tonight. Longman Ed. 1985
Jordi Esteva: viaje al país de las almas. Pretextos. 1999
J.M. Chernoff: African rhythm and African sensibility : aesthetic and social action in African musical idioms. University of Chicago. 1981
J.H. Kwabena Nketia: La musica dell'Africa. Società Editrice Internazionale. 1986
C.A. Waterman: Juju: a social history and ethnography of an African popular music. University of Chicago Press. 1990
S. Arom: African polyphony and polyrhythm: musical structure and methodology. Cambridge University. 1991
E. Graeme: Africa O-ye-la. Musica africana. Calderini. 1993
Veit Erlmann: African music history. Africana.com


Discografía

Dudu Pukwana: in the townships. Virgin 1983
Henry Kaiser & David Lindley: A world out of time. Shanachie 1992
Varios: Lambarena. Celluloid 1993
Varios: Mbayah. Nubenegra (CD + CDR). 1997
Manu Dibango: Afrijazzy. Enemy 1986
Osibisa: Black magic night. Sanctuary/Bronce. 1977
Fela Anikulapo Kuti: The Best Best of Fela Kuti. MCA. 2000
Ali Farka Touré: Niafunke. Arpafolk
Salif Keita: Moffou. Universal 2002
Youssou N´Dour: Nothing´s in vain. WEA 2002
Touré Kunda: The Touré Kunda collection. Karonte. 1996
Lokua Kanza. Toyebi té. Universal 2002
Música tradicional en los catálogos Harmonia Mundi, Auvidis y Karonte (Putumayo, Indigo, Arion, Occora, Musiciens du Monde, Celluloid, Playasound, Unceso...)


Filmografía

Angola: The Sun’s still shines 1995 (dir: Mariano Bartolomeo)
Burkina Faso: Buud Yam 1996 (Gaston Kaboré); Afrique, mon Afrique 1994 (Idrissa Ouedraogo)
Congo-Brazzaville: Matanga 1995 (David Pierre Fila)
Guinea-Conakry: Une couleur café 1997 (Henri Duparc)
Kenia: The battle of the sacred tree 1995 (Wanjiru Kinyanjui); Wekesa at crossroads 1986 (Anna Mungai)
Malí: Yeelen 1987 (Souleymane Cissé)
Rep. Dem. Congo: Pièces d’Identités 1998 (Mwéze Dieudonné Ngangura)
Senegal: Parlons grand-mère 1989 (Djibril Diop Mambety); Guelwaar 1992 (Ousmane Sembene)


(publicado en MUSICA Y DROGAS Especial de la Revista CAÑAMO. Barcelona, 2004)

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