Wayne Shorter en el Festival de Jazz de Madrid (1985)
Foto: Ernesto Walfisch
Wayne Shorter, sabio del
jazz
El saxofonista de 81 años
actúa en el Auditorio Nacional antes del inicio de MadridJazz
El festival trae durante
un mes a Madrid 70 actuaciones de artistas de todo el mundo
Volvió el festival, o
casi...
Más de 70 actuaciones se
reparten entre el Conde Duque, CentroCentro Cibeles, Instituto Francés, hospital
Gregorio Marañón y los diversos clubes adheridos a "La Noche en Vivo"
Este artículo es el comienzo de una larga amistad entre el autor del mismo y máximo responsable de este blog, y el muy recomendable sitio "D´Cuba Jazz". Por muchos años.
viernes, 30 de noviembre de 2012
foto: JMGM
Wayne Shorter en el Festival de Jazz de la Riviera Maya, México, sostiene un ejemplar de "Esto es Jazz. Los 101 + 101 Mejores Discos de Jazz de la Historia" junto a un manual de jardinería exótica: "es un regalo para mi mujer", declaró al autor de este blog y del primero de los libros.
La cosa, que cuando a Jorge Rossy le llamaron para hacer
unos bolos con Wayne Shorter, pegó un brinco que por poco sale disparado por el
tejado de su casa en Begues. No es para menos. Uno no toca todos los días con
una leyenda viva del jazz, aunque sea sustituyendo al batería titular de la
formación. Pero Brian Blade ya se había comprometido con anterioridad a conocer
la noticia de la gira. Cuenta el locuaz representante del saxofonista que
Blade, al enterarse, maldijo su suerte en todos los idiomas por más que el
asunto signifique perderse apenas unos bolos después de once años tocando con
el saxofonista. Y es que hay músicos de jazz y hay Wayne Shorter, que es una
categoría por sí mismo. Empezando porque tuvo el valor y la inteligencia para
hacer lo que ninguno de sus compañeros en el quinteto de Miles Davis se atrevieron
o supieron hacer: mantener la lealtad al maestro y los altos niveles de exigencia
que él mismo se imponía e imponía a quienes estaban a su alrededor. Medio siglo
más tarde, Shorter sigue empeñado en hacer “una música que no suene a música”,
en palabras de aquel, y, si no lo ha conseguido, está muy cerca de lograrlo. Su
música brota entre amaneceres soñados -por Debussy- y toma vuelo hasta perderse
de vista más allá del horizonte. Es una música sin nombre, por cuanto ninguna
de las piezas tiene título y, si lo tiene, no lo dicen. La música de Shorter a
la que no cabe poner nombre, abole conceptos, en ella no hay principio ni final
ni nada que pueda conceptuarse como un “solo”. La música de Shorter, la que
interpretó en su recital guechotarra, es el rezumado de una vida explorando los
límites del abismo. Cada aparición suya es un punto y seguido en un proceso que
arranca con el saxofonista dándose a conocer junto a Art Blakey y se alimenta a
si mismo como en un flujo continuo. Cada interpretación es una reproducción a
escala de ese proceso que algunos calificarían como “orgánico”, y al que otros
han encontrado parecidos con la música Charles Lloyd, sin que les falte razón
en ello. La complejidad del modus operandi, en el caso de Shorter, radica en su
misma ausencia de artificios. Al final del camino, queda la nota única y
singular, escueta y desnuda; la única nota posible, con la que Shorter da por
concluida la interpretación. La misma que persiguió Miles Davis como un sueño
imposible...
En Getxo, uno pudo advertir algunas novedades en la música
de Wayne Shorter que muy bien pudieran estar motivadas por la presencia del “intruso”. Y es que el cuarteto del saxofonista es un organismo frágil: cualquier cambio puede
alterar el resultado. A uno le pareció que el grupo andaba menos suelto y más
sujeto que en otras ocasiones al papel pautado, hasta donde ello es posible. Y
si Jorge Rossy no es Brian Blade, ha sabido interiorizar un concepto musical
que no está al alcance de cualquiera. La cosa, que él tiene su forma de hacer
las cosas y un valor que no se le puede negar. Sin apenas ensayos, ahí estaba
él, compartiendo escenario con uno de los grandes, y quienes le acompañan desde
hace más de una década, el pianista Danilo Pérez y el contrabajista John
Patitucci. Shorter le hacía gestos para que sujetara un imaginario caballo
desbocado, pues esa y no otra es la función que les compete a los baterías que
tocan con el saxofonista, y a fe que lo consiguió. Tremendo concierto.
Definitivamente, no ha sido el mejor verano la historia, entre las inclemencias temporales, que no han cesado, y la música, que no ha dado para mucho, y la crisis, que se nota, y cómo no iba a hacerlo. Ni Getxo ni Vitoria ni San Sebastián han ofrecido demasiadas cosas dignas de ser recordadas, lo que no significa que no las haya. Otros colegas han publicado ya sus listas personales de conciertos/protagonistas del verano. Permitidme que, pasado el tiempo, yo haga lo propio.
Ornetillos en Getxo
Como signo distintivo, Ornetillos tienen que son de pueblo, en el más noble sentido de la expresión, y tocan la música de Ornette, cuestión de (buen) gusto. Por lo que uno sabe, sus componentes nacieron en Andalucía, Extremadura y Castilla León, cada uno en un sitio, si bien residen los cuatro en San Sebastián, donde cursan sus estudios musicales. Son estupendos, divertidos irreverentes, aunque no demasiado, y, lo más raro, no sólo tocan sus respectivos instrumentos de una forma adecuada sino que, además, piensan. Mucho ojo al saxofonista de la banda, Roberto Nieva: en sus intervenciones festivaleras “alter hours” ofreció argumentos suficientes para obligarnos a seguirle el rastro muy de cerca. Ornetillos quedaron los últimos en el concurso para grupos aficionados. Por lo que a mi respecta, como si hubieran ganado.
Vitoria: Wayne Shorter sólo ante el peligro
Como un ciego en un laberinto. Así debió sentirse Shorter en medio de aquel berenjenal sin mucho sentido en que se convirtió el supuesto homenaje a Miles Davis promovido por Marcus Miller (si el homenajeado levantara la cabeza...) Cada una de sus intervenciones, incluyendo un par de lo que podríamos calificar como “falsa entradas”, fue un canto a la libertad creativa en su más alta e inquebrantable expresión. La imaginación al poder, en vivo y en directo. Siempre fiel a si mismo, la música del saxofonista va más allá de cualquier texto/contexto. En Vitoria fue un Shorter alucinado luchando contra los elementos, irremediablemente perdido, endiabladamente hermoso…
San Sebastián: vueltas en torno a Agustí Fernández
Puestos a elegir la mejor actuación del festival, uno puede dudar entre Agustí Fernández con Triez –Baldo Martínez y Ramón López, lo que alguno ha calificado como el mejor grupo de jazz español de la historia-, o Agustí Fernández con el absolutamente extraordinario Peter Evans (Mostly Other People do the Killing), en uno de esos conciertos sorpresa de San Sebastián que sirven para que nadie se entere de que existen y, en consecuencia, no vaya nadie. De M.O.P.D.T.K. digo lo que otros: un buen grupo pero no tanto como ellos y sus “fans” piensan. Su insistencia en resultar originales -¡en tiempos como los actuales!- constituye su mayor lastre. Una opinión.
Enclave de Agua: ¿qué fue de Jimmy Burns?
Confieso que no tenía ni idea de quien era, antes de escucharle en lugar tan exótico como la ciudad de Soria, dentro del festival Enclave de Agua 100% gratis. Buns es todo lo que uno puede esperar de una vieja gloria del blues y el soul. Guitarrista, cantante, unos años más joven que BB King, pero sólo unos pocos, se le parece en que, como aquel, toca sentado. Por lo demás, Burns conserva el fuego en el cuerpo, el suyo, y toda su capacidad para conmovernos. Por comparación, lo del “Rey” en San Sebastián fue la patética/paródica demostración de una decadencia anunciada. Un espectáculo dirigido a la mayoría de mitómanos que, ahora sí, pueden presumir de haber visto en directo a una leyenda, o eso se piensan. Cualquier parecido con el B B King que hemos conocido/disfrutado en sus anteriores visitas es pura coincidencia.
De aquí: Moisés P. Sánchez A Moisés le cabe el dudoso honor de haber nacido y residir en la ciudad más hostil para el jazz del orbe cristiano: Madrid. Un músico absolutamente extraordinario y tan camaleónico que, a veces, cuesta reconocerle. Su única constante es la capacidad que atesora para sorprendernos siempre y en todo lugar. En lo que, mucho de es de temer, fuera la última noche con jazz en Bogui jazz, Moisés sobrepasó todo lo sobrepasable en su papel de acompañante de la escultural Nicole Henry. Jazz al viejo estilo directo y eficaz. Con Moisés, la sorpresa todavía es posible, aunque esté tocando el estándar más manoseado. No hay muchos como él, si alguno, en el estado español y países limítrofes. Ahora, me cuenta que se va a ir a los Estados Unidos para estudiar con Pat Metheny. Por Dios, que nos lo devuelva como está…
Amy Winehouse, inevitablemente A mi estas chica me cae bien, inevitablemente y sin remedio. Me gusta toda ella, su música, su apariencia, sus maneras sobre el escenario de las que ella misma no era muy consciente, las más de las veces. Su fallecimiento ha sido la gran noticia de los festivales de jazz del verano aunque sólo fuera por la saturación que la misma generó en los medios de comunicación en los que algunos colgamos nuestras crónicas festivaleras: + espacio para Amy = – espacio para el jazz. Descansa en paz, ricura.
Wayner Shorter at home. Foto: J. M. García Martínez
Es el mejor compositor de jazz vivo y sale a escena sin tener ni la más remota idea de lo que va a tocar. Este galáctico del jazz, que el pasado mes de noviembre paseó los festivales españoles, publica su segundo CD junto a Danilo Pérez, piano; John Patitucci, contrabajo y Brian Blade, batería: “Beyond the Sound Barrier” (Verve). Una obra maestra absoluta a la espera de ocupar su lugar en la historia de esta música. EL PAÍS habló con el músico por teléfono, desde su residencia en Los Angeles (EEUU).
El País: su pianista, Danilo Pérez, me confesó que Vds. salen a escena sin saber lo que van a tocar, lo que resulta difícil de creer.
Wayne Shorter:pues es la pura verdad. Construimos la música cada noche encima del escenario, unas notas llevan a otras y así sucesivamente. Nunca ensayamos, jamás.
EP: utilizarán algún tipo de código en escena o cosa similar...
WS:nada en absoluto. La clave es que los cuatro somos conscientes de que lo único que poseemos, mas allá de nuestra respectiva formación como músicos, es la confianza que nos tenemos. La confianza es un aspecto dominante de la condición humana, pero no se puede ensayar. Se pueden escribir libros sobre el tema, rodar películas, pero, al final, es algo que se experimenta, no hay otro modo.
Wayne Shorter at home. Foto: JMGM
EP: en esas condiciones, un “Wayne Shorter Quartet” con otros músicos que no fuera Danilo, John y Blade, resulta impensable.
WS: me resulta imposible imaginar mi grupo con ningún otro músico. Puestos a especular, los sustitutos tendrían que ser músicos dispuestos a todo; el tipo de músico preparado para tomar partido ante un mundo de opciones ilimitada, que entienda que no existe nada que pueda considerarse un “accidente”.
EP: el contenido del disco, ¿cómo se eligió?.
WS: los seleccioné entre los conciertos de la última gira sin ningún orden premeditado. Los temas, salían sobre la marcha. “On Wings of Song”, es una composición de Felix Mendelssohn, que salió así y la melodía de “Smilin´ Through”, que lo abre y es la única pieza que no está improvisada, procede de una película de 1941 en la que actuaba Jeannette McDonald. Acostumbro a ver películas en los hoteles, cuando estoy de gira, lo que constituye una fuente de inspiración de primera importancia para mí.
EP: uno nunca está seguro de dónde empieza la composición y dónde la improvisación.
WS:tiene que ver con el modo cómo funcionamos en la vida real. A veces escribimos una carta y otras hablamos lo que significa que a veces seguimos un guión y otras improvisamos.
EP: la música en “Beyond...” parte de unos pocos elementos que van creciendo...
WS:...y lo que empezaron siendo unos pocos elementos dispersos se convierten en muchos, y aparecen los colores, cada uno contribuyendo a su modo al pastel, y las expresiones, que al principio eran limitadas, se multiplican hasta llegar a la total liberación.
EP: títulos como “As Far as the Eye can See” (“Hasta donde alcanza la vista“) evocan un paisaje casi cósmico.
WS: es como un código, como una indicación: “no olvides mirar tan lejos como puedas”.
EP: da la impresión de que el mundo del jazz va por su camino y Vd. camina por el suyo propio.
WS: eso es así porque yo trato de seguir el verdadero espíritu del jazz. Para mí, la palabra jazz es sinónimo de creatividad. Pienso que el verdadero propósito del jazz es mantener el espíritu de la creatividad e ir un paso más allá de lo democrático, lo que significa que uno, siendo músico de jazz, no debe estar atado a ninguna corriente o filosofía codificada. De ahí el tema “Adventures Aboard the Golden Mean” (“Aventuras a Bordo del Punto Medio”). Para algunos autores, el “punto medio” es el camino de en medio. Para mí, se trata de no estar atado a ninguna corriente, ni siquiera a la de en medio.
Wayne Shorter at home. Foto: JMGM
EP: ¿considera que el jazz “mainstream” contribuye a la alienación del individuo?.
WS:lo que ocurre es que estamos condicionados por el futuro. Convivimos con lo desconocido pero ¿cómo puedes ensayar lo inesperado?. El “mainstream”, en música como en el cine, se mueve en torno a una zona confortable que no nos prepara para lo inesperado. Ocurrió el “11 S”, ¿quién estaba preparado para algo así?. Nos consolamos a base de desear productos que nos proporcionan una apariencia de seguridad, libros, revistas, discos, películas, incluso buscamos una pareja que nos la proporcione. Sin embargo, tenemos que llegar a una especie de acuerdo con lo inesperado y, para tratar con lo inesperado, debemos separarnos de la masa. De eso trata mi música. Debemos darnos de baja del club de lo predecible, llámese el club del jazz como del pop, el “country”, el “rock & roll”, el “rhythm & blues”, el “folk”, el “bluegrass”, el “world beat”... todas estas categorías nos impiden pensar como seres individuales. Sin embargo, es posible encontrar un modo creativo de cambiar la sociedad, pero siempre teniendo en cuenta que lo único que puede esperarse es lo inesperado. Lo único consistente en la vida es el cambio.
EP: su música es una búsqueda de lo inesperado...
WS: ... y es esa aventura de ir tras de lo inesperado lo que le da sentido. Para mí no existe un “principio” ni un “final”. Cuando alguien como el presidente Bush se refiere al principio de la vida, y se niega a poner su firma en un documento alegando que se está interrumpiendo el comienzo de la vida, no es consciente de que no existe ningún principio sino que la vida es un proceso, y la muerte forma parte de ese proceso llamado vida.
EP: Vd. ha declarado hallarse en permanente búsqueda de un “quinto elemento” relacionado con la música.
WS: en realidad, busco cualquier cosa, lo que sea, que pueda contribuir a llevar la música más allá de sus límites. Miles Davis me preguntó una vez: “Wayne, ¿tú nunca te hartas de tocar música que suena como música?”.
EP: Vd. se ha destacado en el pasado por el uso de la tecnología en muchas de sus grabaciones, ¿sigue interesado en ello?.
WS:me interesa absolutamente todo. Hay tiempo de sobra para probarlo todo, lo hay para sorprenderme a mí mismo utilizando lo que tengo más a mano y lo hay para que pueda incluir nuevos elementos tecnológicos en mi música en el futuro. Para mí, el hecho de que con este cuarteto toquemos en acústico, es una cuestión de mera formalidad. A veces, la gente se queda en la corteza sin ver el contenido más profundo, si utilizo un saxofón sintetizado o uno acústico, eso es lo de menos.
EP: Y después de “Beyond...”
WS: este verano estaremos en Italia y Francia y viajaré a Japón como “emisario de la paz”, para participar en los actos en conmemoración de los sesenta años de la bomba atómica sobre Hiroshima, junto a Herbie Hancock, un guitarrista de Benin y Carlos Santana. A la vez, estoy trabajando en una forma musical completamente nueva, distinta a la óepra y al concierto, junto con las Filarmónicas de Los Ángeles y St. Louis y la cantante René Fleming. En octubre estaré en Brasil para ver a la familia de mi mujer y hacer algunos “bolos”, es posible que toque con algún músico de allí, siempre que encuentre a alguien que se mueva en mi onda de la “música que no suena como música”.
EP: estando casado con una brasileña, le habrá cogido gusto al fútbol...
WS:¡qué remedio!.
(publicado como "Busco hacer música que no suene como música" en el suplemento Babelia de El País, 6 agosto 2005)
Podría ser la Riviera francesa pero son las colinas de Los Ángeles, California; un mar de silencio en el corazón de la metrópolis. Hollywood a un lado, al otro Beverly Hills, y allá a su frente Sunset Strip.
A estas horas de la mañana, el barrio, si es que puede llamársele así, está habitado por un laborioso ejército de jardineros y operarios de tez oscura. Las chicas de servicio, hispanas ellas, caminan al paso de las mascotas. Un cartel en la puerta de una vivienda contigua a la del músico advierte a los intrusos: “no traspasar. Los infractores serán tiroteados. Los supervivientes serán rematados”.
La primera pregunta –“qué hace un músico de jazz viviendo en un lugar como este”- queda respondida tan pronto se accede al interior del edificio con vistas a “esa bruma de color melaza que los ciudadanos de Los Angeles prefieren al aire real” (Woody Allen). No la clase de vistas a las que uno puede aspirar viviendo en un piso 38 de la calle 74 esquina Madison: “en Los Angeles vivo. En NY, sobrevivía”. Wayne Shorter, aquí presente, es muchas cosas. El más importante compositor de jazz vivo, según acuerdo unánime de críticos y aficionados. El único saxofonista capaz de abrirse paso por sí mismo, en tiempos en que John Coltrane era referencia obligada. Improvisador más que notable, filósofo, cinéfilo, apasionado lector de ciencia ficción… Shorter fue el objeto de deseo de Miles Davis (hasta que pudo “robárselo” a su anterior empleador, el baterista Art Blakey) y el astro de multitudes, con Weather Report. Su existencia ha sido cualquier cosa menos un remanso de paz: en el año 1996, asistió a la muerte de su primera esposa, Ana María, en el accidente del vuelo TWA 800 que, hoy lo sabemos, no fue tal. Shorter sabe lo que es tocar fondo y vive para contarlo. Felizmente, sus días de vino y rosas quedan lejos…
Wayne Shorter, 75 años bien llevados, estará en Vitoria, el próximo martes 15 de julio, al frente de su cuarteto, para un concierto que se anuncia irrepetible: “con ellos tengo la sensación de que puedo hacer lo que se me pase por la cabeza, que no hay límites, que todo es posible…”
PREGUNTA. Viene Vd. de ser homenajeado por la muy prestigiosa San Francisco Jazz Society.
RESPUESTA. Yo no sabía nada, hasta que me vi rodeado de toda esa gente, altos cargos de la Administración, comentaristas políticos, miembros de la elite cultural… todos vestidos de esmoquin y encantados de conocerme; e imagine quién estaba sentado junto a mí en la mesa presidencial: Robert Redford. Y estaba Herbie (Hancock), que dijo unas bonitas palabras sobre mí.
P. Eso de que a su amigo del alma le hayan otorgado el premio Grammy (“River. The Joni letters”) y a Vd. no, ¿cómo lo lleva?
R. “No problemo” (sic). Ante todo, Herbie y yo somos “compadres” (en español). Él y Dave Holland y Lionel Lueke e, incluso, Tina Turner.
P. En su biografía, “Footprints. The life and work of Wayne Shorter”, se cuenta que Tina Turner fue su introductora en los ambientes enrarecidos de Hollywood.
R. Más bien yo diría que lo más cerca que Tina ha estado nunca del jazz ha sido conmigo, lo que tampoco es decir mucho. Por aquel entonces, ella acababa de dejar a su marido, Ike. Recuerdo que yo estaba regresando de un concierto cuando recibí la llamada de mi mujer: “adivina quién viene a cenar esta noche”. Y se quedó 3 meses. Por cierto: es una estupenda cocinera.
P. Vds. también acogieron a Elis Regina, la diva de la música brasileña…
R. Elis era un ser carismático… nos conocimos en Japón hace muchos años, yo estaba tocando en un festival y ella creo que tenía una gala. Una noche estaba en mi habitación en el hotel y alguien me dijo: “Elis está subiendo las escaleras y quiere conocerte”. Cuando llegó, se puso de rodillas delante de mí: “beso tus pies”. Yo no sabia qué decir: “ponte en pié, ¡eres Elis Regina!”... nos volvimos a ver en Brasil y fue cuando me habló de Nat “King” Cole, que fue quien la inspiró para convertirse en cantante. Pero no parecía feliz. Había algo en su mirada que la delataba. Por eso se me ocurrió invitarla a pasar una temporada en mi casa. Ella ni se lo pensó, cogió el primer avión y se quedó 6 semanas. Fue una experiencia mágica. Teníamos la mesa de la cocina tapizada con partituras y hablábamos de música, y ella podía estar cocinando unos chorizos y cantando, y yo le acompañaba. Hasta que, de repente, se venía junto a mí, apoyaba su cabeza sobre mi hombro, y me decía: “dime, Wayne, ¿qué demonios voy a hacer con mi vida?”. Y es cuando empezaba a fantasear con dejarlo todo.
P. He oído hablar de un proyecto de disco a dúo que nunca llegó a concretarse.
R. Por un lado, ella quería cancelar todas sus giras, empezar de nuevo profesional y personalmente, pero también estaba empeñada en grabar un disco conmigo. Lo estuvimos preparando durante un tiempo, luego fui a Brasil y comenzamos con los ensayos, pero yo notaba que estaba como ausente, le agobiaban los “problemas sentimentales”. Decidimos dejarlo para otro momento que nunca llegó. Me consuela pensar que su hija, María Rita, sigue sus pasos.
P. Si su pasión por la música brasileña es bien conocida, no lo es tanto su pasado como compositor, intérprete y hasta bailarín (!) de mambo.
R. Lo de bailarín… sí, lo bailaba, a mi modo. La cuestión es que yo tenía una banda en el Birdland, justo al lado del Palladium, que era el “templo del mambo”. Alguien del Palladium oyó hablar de nosotros, se pasó a escucharnos y nos invitó a tocar un lunes por la noche. Y allí fuimos. Estaban Tito Puente con su banda y Pérez Prado, y puedo decir que pusimos el lugar patas arriba, hasta la mismísima Celia Cruz, que entonces era una chiquilla, acabó bailando con nuestra música. Años más tarde me encontré con Tito y aún se acordaba de aquello: “¿recuerdas cuando viniste de New Jersey para tocar en el Palladium?. ¡Tío, nos disteis una patada en el culo!”. Imagínese: ¡le habíamos metido el miedo en el cuerpo al mismísimo “rey del mambo”!.
P. La verdad es que cuesta imaginarle a Vd. en semejante tesitura.
R. No es Vd. solo. Hace poco me llamaron de la Librería del Congreso para decirme que se había producido un error en sus archivos y yo aparecía como el autor de tres mambos, “Mambo X”, “Mambo Moderato” y “Midget Mambo”, lo que, a todas luces, era imposible. Simplemente, no podían creer que las hubiera escrito yo. Hay que tener en cuenta que, en los cincuenta, un chico no podía aproximarse a una chica a no ser que fuera capaz de bailar latino. Los chicos iban al instituto y luego a la academia de baile y había una estación de radio que todo el mundo escuchaba para ponerse al día, porque uno no estaba en el asunto si no eras capaz de marcarte un chachachá, un mambo o un merengue. Había concursos por ver quién bailaba mejor... Nosotros empezamos tocando los bailes de los sábados en New Jersey y escuchábamos a La Playa Sextet, Chico O¨Farrill, Tito Rodríguez…
P. En estos momentos, está destruyendo la imagen que se tiene de Vd. como un músico críptico, cerebral...
P. Pero es que el jazz no es “únicamente” una música cerebral, lo que ocurre es que la gente se ha olvidado de que el bebop también se bailaba. Cuando Dizzy Gillespie tenía su “big band”, existía un baile llamado “The Applejack” que era como lo que hace Michael Jackson cuando salta sobre la punta de los pies. Había quienes decían que no les gustaba el bebop porque no se podía bailar pero no era cierto. En mis comienzos, el jazz era la música de la calle, la que se escuchaba en los “night clubs”, la que tocaban los músicos con la mirada fija en las chicas de la primera fila…
P. Una costumbre que se ha perdido, me temo.
R. Es que ahora todo es diferente, más complejo. Antes, se improvisaba para conquistar a una chica y la mitad eran frases hechas para impresionar al auditorio del modo más rápido y efectivo. Ahora, la improvisación es un método para acceder a otros niveles de conocimiento. Improvisar es aprovechar lo que sabes para permitir que las cosas sucedan. Se trata de huir de todo lo que le resulta a uno familiar, olvidarse de las lecciones de música, aceptar la incertidumbre. No tocar “1 + 1 = 2”, no saber que, si hago “esto”, lo próximo va a ser necesariamente “esto otro”. Nosotros, con el cuarteto, nunca sabemos lo que vamos a tocar, todo lo construimos sobre la marcha. A oídos del profano, puede parecer que, a veces, el improvisador pierde el control, pero no es así, porque el cerebro nunca duerme. Cuando estás tocando, piensas, sientes… no existe la coincidencia ni el casualidad.
P. Su colega Sonny Rollins lo compara con entrar en trance.
R. Es posible… una de las cosas que más me divertía estando con Miles (Davis) era cuando se le acercaba un sesudo entrevistador con la eterna pregunta: “dígame, Sñr. Davis, ¿cómo organiza en su cabeza sus ejecuciones musicales?”. Miles siempre respondía lo mismo: “se lo diré: subo al escenario y toco”. Y ya está. Es como el niño al que su padre enseña a nadar arrojándole al agua y lo próximo que sabe es que está nadando, no sabe cómo. Ningún músico ni ningún pintor podrá decirle qué ocurre mientras está creando una obra. Con (John) Coltrane pasé horas hablando de filosofía, de la vida, y muy poco o nada sobre música. Y con Charlie Parker ocurría lo mismo. Una vez, alguien le preguntó qué tocaba y él respondió: “toco valles, lagos, ríos…”
P. Aparte de Parker, Coltrane y Miles, Vd. tuvo otros maestros, como Lester Young.
R. En 1956 yo estaba en el ejército y viajé a Toronto para disfrutar de unos días de permiso y allí me encontré con que Lester estaba tocando en un bar de la ciudad. Naturalmente, fui a escucharle. Tras el primer “set”, me acerqué a la barra y, de repente, siento una mano sobre mi hombro: “tienes toda la pinta de ser un marinero neoyorquino de permiso”. ¡Era Lester Young!. Y, no sé por qué, se había fijado en mí: “¿quieres un trago?. Pero mejor vayamos al sótano que es donde guardan el coñac bueno”. En aquel bendito sótano viví una de las experiencias más impactantes de toda mi existencia, simplemente hablando y bebiendo coñac con el gran Lester Young. Unos meses después murió. Algo parecido me ocurrió con Dexter Gordon. Le escuché por vez primera en un “jukebox”, entonces todo era Charlie Parker y Dizzy Gillespie y, de repente, ese sonido… “Dex” vino antes de Coltrane y era distinto a todos. Tuve la ocasión de conocerle durante el rodaje de “´Round Midnight” (Bertrand Tavernier, 1986). Todo un personaje, tal cual aparece en la película. Poco después, me llamó para que le sustituyera en un concierto en el Carnegie Hall. Para entonces, ya se encontraba muy enfermo. Desgraciadamente, cuando me llamó yo estaba en la carretera.
P. Lo que me recuerda una frase: “la carretera puede ser el lugar más solitario del universo”. Lo dice Vd. en su biografía.
R. No sé, quizá cuando lo escribí… la soledad viene más bien cuando estás escalando la cima y estás entregado a la misión que te has encomendado a ti mismo de romper con el tipo de música deleznable que rodea al ser humano las 24 horas del día; ese es el tipo de trabajo que te lleva a vivir permanentemente a contracorriente. Luchas contra tu familia, a la que apenas ves; contra la compañía discográfica que te presiona para que hagas esto o aquello; contra tus propios compañeros, cuando te niegas a hacer el tipo de cosas que suelen hacerse los días libres en una banda de “rock & roll”… eso es algo que viví durante los 14 años que pasé con Weather Report. Con mi cuarteto las cosas son diferentes, y también lo eran cuando tocaba con Miles.
P. Para quienes sufrimos en propias carnes el genio de Miles resulta extraña la idea del trompetista como un líder protector y benéfico.
R. Para mí, tocar con Miles fue, sobre todo, muy divertido. De hecho nunca lo he pasado mejor en mi vida, con excepción de algún momento puntual con Weather Report, y con el grupo que tengo ahora. En los 6 años que estuvimos juntos, no hubo una discusión. Y luego estaban los “consejos” de Miles. Recuerdo una vez, a poco de incorporarme al grupo, estaba ansioso por demostrarle lo mucho que podía tocar. Había terminado mi solo y Miles se acercó a mí y me susurró al oído: “¿has pensado alguna vez que no tienes porqué tocar TODO lo que sabes en cada uno de tus solos?”. Por supuesto, capté el mensaje. Pero Miles nunca te decía lo que tenías que hacer ni daba órdenes y siempre procuraba mantener fuera de nuestro círculo a los que venían para aprovecharse de nuestra escasa experiencia. Recuerdo una ocasión en el Plugged Nikel de Chicago, alguien del público protestó porque, supuestamente, Tony Williams estaba tocando demasiado fuerte. Miles cogió el micrófono y con su voz de ultratumba, dijo: “!dejen al baterista en paz de una puñetera vez!”. El tipo no volvió a abrir la boca. Luego esto lo cortaron del disco, o no se grabó, no lo sé.
P. ¿Su actual concepción artística sigue estando inspirada en Miles?
R. En él y en Lester, Coltrane, Parker, Pau Casal, Joaquín Rodrigo, Beethoven, Manuel de Falla, Stephen Hawking, Mary Shelley, Henrietta Brodkrany, la mujer que descubrió la dinámica de los torpedos en la cocina de su casa… el reto para mí consiste en crear una música que inspire a percibir la vida como un proceso eterno. Lo contrario es ese pensamiento tan extendido de “solo se vive una vez”, lo que sirve para justificar el asesinato, el robo, la violación, lo que sea. Porque solo se vive una vez, uno está autorizado a hacer cuanto está a tu alcance. La violencia viene de la inmediatez, de lo demasiado obvio. Solo el arte es eterno. Por eso, yo me procuro rodear de artistas no conformistas, como Milton Nascimento, Joni Mitchell, Danilo Pérez, John Patitucci y Brian Blade, los miembros de mi actual cuarteto. Entre nosotros, hablamos de llegar a un punto semejante con la música, que no todo sea ir de “A” y “B” y vuelta. Es algo que también solía decirme Miles: “tío, ¿no estás harto de tocar música que suena como música?”. Se trata de tocar una música que no suene a conocido, que no resulte familiar. Una música que tenga que ver con algo que sea constante y no temporal.
P. Algo así como la anti-música.
R. Exacto. De hecho, ese es el nombre que le puso Tony (Williams). Y no es nada concreto, sino una especie de impulso que te obliga a no bajar la guardia e ir siempre un paso más allá de tus propias posibilidades. Es un concepto que va más allá de la música; es como si te retaran a ver si eres capaz de entender el sentido de la vida, y el de la muerte. Por eso mi música no tiene principio ni final, porque no creo en las palabras “comienzo” y “final”. A veces, la maquinaria parece que se para porque dejamos de tocar, pero debes ser consciente de que es algo momentáneo. Esto, lo aplico a mi propia vida: pierdes a un ser querido y la gente piensa que ya no serás el mismo. Yo perdí a mi mujer, a mi hermano Alan, a mi amigo Joe Zawinul, y hubo muchos que esperaban encontrarme al día siguiente a punto del suicidio. Pero yo sé que Ana María es eterna, y Alan, y Joe, todos lo somos. A veces pienso en la muerte como en unas vacaciones. Un largo sueño.
P. Algunos de sus más recientes colaboradores no tiene que ver con el jazz, el caso de la soprano Renée Fleming.
R. Renée es otro caso extraordinario. Mi relación con ella arranca de unos esbozos que escribí cuando tenía 19 o 20 años, luego los olvidé, hasta que se me ocurrió rescatarlos para un concierto con la New Japan Orchestra. La CBS envió la cinta del concierto a Georg Solti e inmediatamente me llamó: “¡vamos a completarlo inmediatamente!”, pero falleció. Entonces fue Renée Fleming la que se puso en contacto conmigo pidiendo que le escribiera cualquier cosa, lo que fuera, para ella. Es una mujer muy valerosa, y una excelente cantante de jazz. No sé si sabe que Illinois Jacquet la escuchó cantar cuando ella estaba en el instituto, y la invitó a unirse a su orquesta. Renée es capaz de cantar lo que le echen. Desde entonces llevamos hablando del proyecto al que voy a incorporar esos esbozos.
P. ¿Algo qué decir en torno a las próximas presidenciales?
R. Lo más importante: que América no va a elegir a un presidente negro sino la posibilidad de un cambio profundo. Los americanos hemos dejado pasar muchas oportunidades. Grandes creadores, como Charlie Parker, Bud Powell o Art Tatum; filósofos, pensadores, Mahatma Gandhi… nadie les hizo el menor caso; a Joseph y Robert Kennedy directamente los asesinaron. Y a Abraham Lincoln. Ahora debemos aprovechar esta nueva oportunidad que se nos brinda con Obama o lo lamentaremos.
P. ¿Y sobre su próximo concierto Vitoria?
R. Eso solo Dios lo sabe.
Wayne Shorter actúa en el 32 Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz
(Versión íntegra del artículo publicado en el suplemento Babelia de El País con el título "Tocar fondo" 28/06/2008 )