lunes, 24 de febrero de 2014


El jazz del teólogo

Acerca de la improbable existencia de una orquesta de jazz amazónico

Uno contempla el Amazonas desde el aire y le entra el acojone. Uno está acostumbrado al Manzanares, que es un Amazonas en pequeñito y con patos en lugar de pirañas. Luego, aprende que el Amazonas no es un río, sino un continente en sí mismo, y que no hay un Amazonas sino dos, el que va por el suelo y el que por al aire en paralelo al primero a modo de flujo-corriente de aire y agua.
“Las serpientes de aquí no son peligrosas, no señor”, le dicen a uno. “No tienen veneno, sólo le rodean a uno el cuerpo y le matan por asfixia”.
Aquí le da dan a uno zumo para desayunar, y que sea lo que dios quiera. Hay fruta que sabe a queso revenido y peces bigotudos con aspecto nada tranquilizador de cuya existencia nadie que no sea de aquí tiene conocimiento. En el Amazonas hay de todo, como en botica, pero sin el preceptivo cartel indicador. Y también hay jazz. Jazz amazónico, claro está.

La Amazonía cuenta con dos teatros erigidos a finales del diecinueve con los dineros que proporcionó el caucho y el sudor y la sangre de quienes se dejaron la salud trabajando en su construcción. El de Manaos, que sirvió a Herzog para su “Fitzcarraldo”, y el más antiguo de Brasil, en Belém, que estrenó el maestro Francisco Libânio Collas en 1878. Su nombre no puede ser más apropiado para una ciudad con un índice de criminalidad entre los más altos del país: Teatro de la Paz. Por fuera, un pastelito en tono rosa y blanco. En su búsqueda de una grandeza impostada que pudiera recordar la de los grandes coliseos europeos, el Teatro de la Paz de Belem se quedó en entrañable teatrillo de provincias, o en una cosa intermedia. De ahí su encanto.
Uno entra en el patio de butacas del Teatro de la Paz y la vista se le va en dirección al escenario donde bailó la Pavlova, y al techo, o a la bóveda, con su consiguiente lámpara de cuentas y el consiguiente fresco de carácter pastoril a su alrededor donde las indígenas en top less confraternizan con los conquistadores; aquí el arco y las flechas, allá el caballete y la lira. Una cosa simbólica, ecuménica y postconciliar

Aquí desarrolló su carrera Waldemar Henrique, gloria de las músicas amazónicas, a quien el pasado sábado día 15 de noviembre se rindió homenaje en sesión no muy solemne, pero sí sentida, entrada libre con invitación.
El personal indígena, y el que no, se reparte por los mimbres de las butacas bastante más cómodas que las de tela, todo convenientemente endomingados según la manera del lugar. Hay aires de fiesta y una algarabía que uno va a encontrar en muy pocos teatros de ópera. Allá, una madre joven da el pecho a su rollizo bebé mientras habla por el móvil. Esto tampoco es espectáculo que pueda contemplarse habitualmente en la Scala de Milán o en el Real madrileño, por decir algunos.
A través del sistema de megafonía nos llegan, atronadores, los sones de la Ópera Guaraní, música del maestro Carlos Gomes. El espectáculo va a comenzar. Una voz nos ruega sin mucha esperanza: “por favor, apaguen sus móviles”. Momento que la mayoría aprovecha para sacar el bicho del bolso o el bolsillo y asaetear a flashes a los percusionistas mientras éstos ejecutan un preludio en el más castizo estilo de la selva a base de graznidos, chiídos, ronroneos, bufidos, etc. Uno de sus integrantes, al que todos parecen guardar reverencia, combina el uniforme de la formación de americana y corbata con una llamativa corona emplumada. Su nombre es Arita Aná (tomado al vuelo).


Indian is beautiful
Salvo por lo dicho, la Amazonia Jazz Band podría pasar por la más canónica de las big bands, con sus vientos distribuidos por secciones, su trío rítmico más guitarra y un director que, además de músico de jazz, es teólogo. Uno debe viajar hasta el Amazonas para conocer a un músico de jazz versado en saber semejante.

Si monseñor Blakey levantara la cabeza…

La cosa, que el jazzista y teólogo Nelson Neves no es un cualquiera. Según reza en el programa de mano, durante una estancia en los Estados Unidos tocó con Mike Metheny y con Pat LaBarbera, entre otros. Siguiendo la tradición de los pianistas de jazz Río Grande abajo, lo toca todo al miento tiempo y al doble de velocidad de la permitida por las normas del buen gusto en música, como si fuera presa de un súbito ataque de desesperación, lo que muy bien podría ser cierto teniendo en cuenta el estado más bien calamitoso del instrumento a su servicio. Con 39º a la sombra y una humedad del 99´9 & no hay Steinway que resista.
Se da en la música de Neves, o en sus arreglos, la muy amazónica tendencia a la grandilocuencia, lo rapsódico y lo sinfónico y los finales a tutti que el personal aplaude puesto en pie, también la mamá con su bebé, y el móvil, y el seno al aire. Se entiende: la Amazonia es grandilocuente y tendenciosa, además de invasiva y puñetera. Uno, en la Amazonia, mira a su alrededor, y luego a sus pies acribillados a picotazos de quién sabe qué clase de bichos repugnantes, y no puede evitar sentirse insignificante, una mierdecilla, o sea.
En su calidad de pionero del jazz brasileño-amazónico, Waldemar Henrique  dejó escritos un número de foxtrots y valsecitos llenos de un encanto singular, así su “Valsinha do Marajó”, originariamente escrita para violäo, que Henrique compuso en Alemania, lo que no deja ser resultar sorprendente. Su “Hei de seguir teus passos” tiene aire de chorinho y sabor a bolero, algo que sorprende, pero menos. Y hay un tango que se esconde bajo los pliegues del maracatú, y un aire de pasodoble que asoma por donde menos uno se lo espera...

El Amazonas, en Belem, se torna caribeño y alucinógeno en el mercado de Ver-o-Peso, donde los motoristas-DJ venden cedés piratas de merengue al peso.  


La Amazonia Jazz Band cuenta con una cantante pinturera, Nanna Reis, y algunos solistas excelentes , otros no tanto, y un pianista cubano para cuando no está tocando el director, Robenare Marques es su improbable nombre. Algún día, piensa uno, el mundo entero estará lleno de pianistas cubanos y ya no habrá lugar para nadie más.

La noche terminó según dictan las normas del protocolo amazónico, con la interpretación de “Tamba-tajá”, representación del folclore de la región en los foros internacionales, las demostraciones sindicales y los programas de variedades por televisión. Y afuera, el diluvio. Como de costumbre.

Chema García Martínez (texto y fotos)

Gracias a Joao y Anete. Sin ellos no hubiera habido jazz, ni amazónico ni de ningún otro lugar.

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