sábado, 10 de octubre de 2009

Lecturas recomendadas: Ildefonso Rodríguez, "El jazz en la boca"


El librito tiene algunos años, puesto que fue impreso en Burgos, en 2007. “El Jazz en la Boca” es una cosa rara que se le mete a uno en los entresijos, como se le mete la música de aquellos a los que Ildefonso Rodríguez admira, y con quienes ha tocado, Butch Morris, por ejemplo, y cómo olvidarse de aquella tarde con ambos, Ildefonso y Butch + la orquesta F.O.C.O., en la madrileña Casa Encendida (Festival Hurta Cordel).


Observador de los sonidos cotidianos (consciente de ellos), amante del azar, músico-pensador, este leonés de 57 tacos se viene con este libro de impresiones, casi greguerías, que son la música y la palabra reunidas y cada una por su cuenta; música del instante, palabras que siguen a la música y se acercan al Gran Misterio, sin conseguirlo. Y son las manos y los oídos de Ildefonso Rodríguez, "músico de fiestas de pradera, bodas, conciertos, performances y jam sessions".


Soy músico, en origen, por el saxo tenor y por el jazz y nada más que por eso. Ahora mi tarea es ser un músico más orgánico: he ampliado los instrumentos (clarinetes, guitarra, trombón de pistones, flautas, algo de percusión) y cuando toco música improvisada los modifico, preparo híbridos, hago injertos; aprendo a tocar el gamelán de las cosas pequeñas; y procuro oír dentro de mí las estelas de todas las músicas posibles.


Lo que sigue es una pequeña muestra recogida al puro azar –muestra improvisada, al fin y al cabo- de lo que se contiene en las 215 páginas de "El jazz en la boca".


Después de un concierto sudoroso, un conocido me reprochó el que insistiese en tocar una música tan intelectual. Cómo puede llamarse intelectual a alguien en plena actividad sudorosa. Franco, Pinochet (por poner algunos) eran grandes intelectuales. (Aunque, también es verdad, el sudor no es una prueba de nada).


Yo me esfuerzo por expresarme con algo que suene como avellanas tiernas, de leche.


La improvisación me parece el estado natural de cualquier instrumentista.


"Jazz": esa palabrita que empieza por jota y termina por zeta; mejor no hablar de ella.


El más negro de todos los boleros se llama "Strange Fruit".


En la improvisación se oye el pensamiento, como Ulises oyó sus pensamientos en el canto de las sirenas.


Parker hizo ley de lo inestable: tocó contra sí mismo y contra su doble, abriéndose a la angustia.


Art Pepper. Tocaba así y fue desgraciado. Tuvo más ira que cualquier poeta beatnik. Pero siempre hubo razón en su arte y convite bajo su parra.


La improvisación debe poner, por encima de todo, el oído, que, a su vez, no pone más reglas que las de su propia actividad formal instantánea: ordena y desordena mientras la mano sigue tocando. Es el sendero del oído. La improvisación libre hace más largo y zigzagueante el sendero; lo lleva al laberinto (laberinto interno); allí los nombre sobran, se suceden los hechos musicales con tal vértigo e indeterminación que sólo el oído del instante es capaz de reaccionar ahí.


Definición de músico: alguien adiestrado para distinguir en el mundo los intervalos de tercera mayor y tercera menor; y para confundirlos después


Ildefonso Rodríguez: "El jazz en la boca". Editorial Dossoles. Burgos, 2007


jueves, 8 de octubre de 2009

La Macanita: para comérsela



Qué quieren que les diga. A mí estas cosas me fascinan. Véala el lector, La Macanita, tan pequeña que uno diría recién destetada y ese tronío, y esa forma de torcer el gesto, el cómo se coge la falda, su mirada, su llevar el compás, que así no hay modo; y esa voz que se quiebra donde debe quebrarse, y cómo podía saber esas cosas la puñetera, a su edad.

Este video que trae Joaquín López Bustamante (*) a “Jazz y Otras Hierbas” lo tengo visto en el capítulo que “Rito y Geografía del Cante” (TVE) dedicó a los niños cantores, género temible que, fuera del jazz, ha dado a Shirley Temple y a Joselito, entre otras monstruosidades. Servidor lo fue, niño cantor, siendo miembro de la Escolanía de Nuestra Señora del Recuerdo, aunque mucho me temo que ni de lejos hubiera podido competir con la gitanilla de marras, ya me hubiera gustado.

La cosa es que el jazz también ha tenido sus “macanitas”, esos limpiabotas preadolescentes a los que vemos en las películas añosas dando lustro a los cueros con un ritmo que ni se diga; el mismo Louis Armstrong fue un niño prodigio, en sus tiempos de joven músico-delincuente recorriendo las calles de Nueva Orleans. En estos tiempos del jazz tecnificado, uno tiene visto a Birelli Lagrene, gitano él, en el Festival de Jazz del Mar del Norte, año de 1985, trepando por una guitarra tamaño el doble que su persona, oculto tras la misma, su manita asomando de cualquier modo para llegarse a las cuerdas. Y, como él, otros, no muchos: Emily Haddad, mini-cantante poco mayor que la Macanita cuando se vino a cantar al Festival de Jazz de Vitoria (1990); o Félix Rossy, trompetista adolescente al que puede escucharse arrimando el ascua de su instrumento a la sardina paterna, dícese por el muy ilustre Jorge Rossy. Son artistas por naturaleza. Lo suyo, lo han heredado de sus padres.

Y si la pequeña Haddad, hija de músico, ha desparecido del mapa, no ocurre lo mismo con Lagrene ni con la niña Macanita convertida en la “señá” Tomasa Guerrero, quien sigue ahí, a pie de tablao, y con disco nuevo: “Solo por eso” (Nuevos Medios), producido por Ricardo Pachón. A uno, que no es entendido en la materia flamenca, ni pretende serlo, este disco le gusta a rabiar. Será porque el flamenco de La Macanita le sabe a antiguo, que no a rancio; o porque encuentra en su voz ecos de otros tiempos, y un “savoir-faire” (permítaseme la expresión tan poco flamenca) que no halla en la expresión de la mayoría de las cantaoras, ni de los cantaores, en ejercicio. Y es que, la que tuvo…


(*) Joaquín López Bustamante, “Ximo” para los amigos, es director de la muy recomendable publicación “Cuadernos Gitanos”. Para más información, puede visitarse la Web del Instituto de Cultura Gitana http://www.institutoculturagitana.es/


martes, 6 de octubre de 2009

"Estamos como queremos"

Chema García Martínez: "Estamos como queremos"

Con todo lo que hay que saber sobre la actual Ministra de Cultura, los Presupuestos Generales del Estado y la próxima gira de Diana Krall por nuestro país y por qué Alberto Ruiz-Gallardón es una bendición para el jazz en Madrid

http://www.cuadernosdejazz.com/index.php?option=com_content&view=article&id=373

lunes, 5 de octubre de 2009

Notas a un concierto de Wolf Eyes. Madrid, 4 octubre 2009



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Ruego silencio a toda esa gente que es incapaz de escapar a la tecnología
Keith Jarrett, L´Auditori, Barcelona. Martes 21 julio de 2009

!Más ruido!
Anónimo, La Casa Encendida, Madrid. Domingo 4 de octubre de 2009


Esos bajos indefinibles/indefinidos que uno siente más que escucha. El edificio de La Casa Encendida tiembla en sus cimientos.

Traspasar la barrera del sonido, su sustancia. Todo –las normas de lo musical- se diluye…

El NOISE de Wolf Eyes es fuego incandescente. Una experiencia física dolorosa que se vive con gozo.


Saturación del espacio sonoro. Un sonido atronador, poderoso. Todo queda reducido a una pulsación rítmica primaria. Imposible saber quién hace qué.


La voz, que no la palabra. Los oídos me zumban…


La música de Wolf Eyes trastoca la forma de percibir el hecho sonoro. La intensidad de su mensaje llega al límite de lo humanamente soportable. Un antecedente: “John Coltrane Last Performance at Newport” (Free Factory, Distrijazz)


Ruido según el Diccionario de la Lengua Española:

todo sonido no deseado por el receptor.


aquel sonido que no contiene información clara que el receptor no es capaz de identificar, individualizar o comprender.


Sonido inarticulado y confuso, o que carece de timbre definido.


La música de Wolf Eyes anula cualquier otra. Escuchar nada que no sea Wolf Eyes resulta, simplemente, inconcebible.


En el recuerdo, el concierto de John Zorn & Moon Child en Joy Eslava, Madrid 2008 (crónica en este mismo blog 23 de enero de 2009)

los efectos de la música de Wolf Eyes sobre el público asistente al concierto

foto: J. M. García Martínez

Wolf Eyes, Nathan Young (electronics, metal, harmonical, voices); John Olson (electronics, metal, saxophones, gong); Mike Connely (electronics, metal, guitar, voice)

Madrid, 4 de octubre de 2009. La Casa Encendida, "Experimentaclub ´09".


Para más información:
WOLF EYES & ANTHONY BRAXTON - Black Vomit (VICTOCD099)


foto: J. M. García Martínez

jueves, 1 de octubre de 2009

Stefon Harris: la entrevista perdida

foto: J. M. García Martínez

Es el niño bonito del nuevo jazz. Un músico respetado y querido por todos, lo que no es tan frecuente como pudiera parecer: “no es mérito mío”, confiesa Harris, “solo he tenido un poquito de suerte y los mejores maestros”.


Stefon Harris (Albany, Nueva York, 1973) visitó la ciudad de Vigo para actuar en el XIV Ciclo de Jazz de la Fundación Pedro Barrié de la Maza al frente su grupo Blackout que reúne a un poderoso baterista de rap y hip hop (no por nada conocido como “El tanque”) junto a un variopinto elenco de jazzistas de última hora y el propio Harris tocando el vibráfono y la marimba: “la idea del grupo consiste en no tener ningún tipo de convicción acerca de lo que es el jazz”, declara Harris, “pensar que tradición es igual a respeto al pasado es una contradicción en sí misma. Porque Charlie Parker no tocaba como Louis Armstrong, ni John Coltrane como Sidney Bechet. La verdadera tradición del jazz es la innovación. El jazz es un reflejo de nuestro pueblo tal y como es hoy y no como fue en el pasado”. Una lección que Harris aprendió de uno de los grandes: “un día recibí la llamada de Max Roach diciendo que quería escucharme. Se puede imaginar que perdí el culo para llegarme a la audición y, una vez allí, toqué lo que supuse que le gustaría escuchar, un poco de bebop. De repente Max me interrumpió muy enfadado: “!no se te ocurra volver a tocar esa mierda delante de mí en tu puta vida!”. Aquel día entendí que, si quería llegar a algún sitio, debía ser siempre yo mismo “. Hoy nadie duda de que Stefon Harris es él mismo. Un jazzista llegado al jazz por casualidad: “la gente piensa que porque seas afroamericano conoces el jazz, pero no es cierto. Si no has nacido en una gran ciudad, no vas a tener muchas oportunidades de escucharlo. En mi caso, yo crecí escuchando música europea y mi primer trabajo fue en una orquesta clásica”. Más singularidades: el mejor vibrafonista del jazz contemporáneo no demuestra un apego excesivo por su instrumento. “toco el vibráfono solo porque era el único instrumento que estaba disponible. No quiero ser el mejor vibrafonista de la historia, en realidad paso del vibráfono. Yo estoy en otro rollo. Como estudiante de la forma artística, soy un buscador de la belleza y me obsesiona entender cómo están organizados los sonidos y cómo se traducen en emociones. Necesito saber cómo tocar un acorde que “huela” y que hable de amor o de terror, o de celos... siempre digo que la interpretación está sobrevalorada. Una cosa es la interpretación y otra la música”.


En su última entrega discográfica, sin Blackout, el vibrafonista rinde homenaje al gran Duke Ellington. “Ante todo, “African Tarantella” no es un disco de versiones. Lo que hago es mezclarlo todo: las piezas de Ellington y mis propias influencias, un vals, un ritmo africano o un blues…”. Con su nuevo disco, Harris reivindica la vitalidad de un género que algunos se empeñan en salvar: “no necesitamos a los salvadores del jazz. Si estuviéramos hablando del canto gregoriano, entonces sí tendríamos que preocuparnos, pero el jazz puede incluirlo todo, el canto gregoriano y el rap, todo junto. El jazz se adapta a todo y esa es una de sus virtudes principales”.

(publicado en El País mayo 2009)



foto: J. M. García Martínez