miércoles, 30 de septiembre de 2009

Jazzkaaar 2009: soñando el jazz



Como una miniatura dentro de una bola de cristal, Tallin espera a que alguien la agite para ver caer los copos de nieve por sus calles y edificios de ensueño. A la futura Capital Cultural Europea 2011 acuden los turistas en crucero y los ingleses en avión de fin de semana. Hay quien se llega para admirar la belleza translúcida de las lugareñas o pimplarse una botella de Vana, el licor preferido de Napoleón, que se fabrica en estas tierras. Algunos vienen movidos por el deseo de escuchar jazz, o de escribir sobre jazz, hasta es posible que uno esté aquí para escuchar a Paquito d´Rivera, cosas más raras se han visto.


Ironías del destino, el clarinetista que dejó Cuba dejó su amor por no querer vivir el socialismo o muerte, se las vio en un escenario presidido por la hoz y el martillo en dorado sobre fondo blanco, de cuando los soviéticos imponían su ley por estos pagos. De aquellos tiempos no tan lejanos procede este Centro Cultural Ruso de impecable acústica comunista.



Paquito, la hoz y el martillo y su bajista-fenómeno de 18 años de edad, Zach Brown, y los hermanos Rodríguez, Robert y Michael, al piano y la trompeta, respectivamente. Una primera parte dedicada a John Birks Gillespie quien sabe si para acallar los rumores desatados tras sus recientes declaraciones no muy amistosas en torno a su antiguo empleador, y el habitual repaso por los ritmos brasileños y cubanos, más los primeros que los segundos. Hubo fuegos de artificio, lanzamiento de confeti y reparto de golosinas entre los asistentes. Y los estonios, a los que estas cosas les suenan altamente exóticas, tan felices, que si no se echaron a bailar es porque ni había sitio ni saben cómo hacerlo.


Misma ciudad, mismo escenario: Andy Emlerno soy un jazzman, soy un aventurero de la improvisación- y su “Megaoctet” y el Instituto Francés poniendo la pasta. El pianista se rige por el principio “ellingtoniano” de todos iguales, todos diferentes. Su orquesta es un acopio de rara avis que nadie se hubiera atrevido a arrejuntar, salvo él. En su música hay mucho de otros –ecos del viejo-nuevo jazz europeo, de Frank Zappa…- y mucho de propio; mucho que ha sido escrito y mucho que es creado a ojos/oídos vista del espectador. Emler nos seduce mientras recuerda que el jazz también sabe reírse de sí mismo. Luego, hay quien se lo toma tan en serio que llega a asustar. Marilyn Mazur, por ejemplo. O quizá fuera el marco. Que, por mucho que se pongan, escuchar jazz en una Iglesia constituye una contradictio in terminis que no se explica ni por el lado de la acústica ni por el del sentimiento religioso que uno está obligado a respetar. Y aunque sea en la bastante imponente Iglesia Evangélica Estonia Luterana de Kaarli, con 1500 localidades de aforo y ese sol de por aquí que parece pedir perdón por lucir colándose a través de los entanales. Pero una iglesia es una iglesia y Mazur es como es. La danesa toca la percusión como lo haría una percusionista que grabara para el sello ECM y estuviera acompañada por un grupo de músicos del sello (John Taylor) y por una joven cantora, la tal Josefine Cronholm, a la que adornan sin duda las mayores cualidades de las que este cronista no encontró rastro alguno. Lo que se dice, un tostón.


Como suele ocurrir, lo mejor estaba en casa, en los conciertos de salita de estar, café y mecedora del small hall del susodicho Centro Cultural Ruso. Jaak Sooäär, la tradición nórdica de la guitarra eléctrica on the rocks (Terje Rypdal) y la voz y el kannel (1) de Tuule Kann, que son como nuestra Brigada Bravo & Díaz de Antonio Bravo y Germán Díaz, en estonio. O Paabel, con la guapa Sandra Sillamaa cantando y tocando la gaita, instrumento que, por alguna razón inexplicable se les da por tocar en estas tierras con verdadera fruición. Paabel son jóvenes y tienen éxito entre los suyos, se entiende. A uno, se los vendieron como los Pogues estonios; a lo más, podría hablarse de una versión descocada de los franceses Gwendal.

Para Rütmiallikal se reservó el escenario madre del CCR. El espectáculo así llamado incluye un DJ (P. Julm), un batería (Tanel Ruben) y un saxo (Siim Aimla) además de un coro de 8 vírgenes cantantes-gaiteras y una pantalla de vídeo donde se proyectaron imágenes de sabor autóctono y psicodélico. Ruben, quien parece ser el padre del invento, saca los ritmos del folclore local a swingear y es una cosa entre el acid jazz y Rahssan Roland Kirk de su última época delirante o como Rufus Harley tocando la gaita con Sonny Rollins (Montreux 1974, “The Cutting Edge”). Toscos y contundentes, pero hay que entender que la mayoría está aquí por amor al arte. Es gente del pueblo y tienen mucho mérito.
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Curiosamente, el que estaba previsto fuera el concierto estrella del festival terminó por ser el concierto estrella del festival. Esa Jazzkaar Dream Band que reunió a dos jazzistas de relumbrón norteamericanos con tres más que dignos representantes del jazz local. Los primeros: Ray Anderson -encorvado y muy delgado, la imagen de James Stewart tocando el trombón en “The Glenn Miller Story”- y Will Cahoun, el baterista de Living Colour que este año fue el artist in residence del Jazzkaar. Su solo -un homenaje psicodélico a Mr hi-hat Max Roach- señaló el momento álgido de la noche. Por el lado estonio, los muy aplicados Jaak Sooäär –pese a su muy discutible solo con “wah wah” en “Afroblue”-,a la guitarra; Raivo Tafenau, al saxo; y Taavo Remmel, al contrabajo. Con esto que la Jazzkaar Dream Band resultó ser un conjunto lo suficientemente abigarrado, heterogéneo y falto de ensayos como para producir una música compacta, fiable e inspirada, amén de incuestionablemente jazzística.

Esto, por lo que toca a la parte oficial del programa: la otra, tuvo como escenario el club Clazz, conocido emporio jazzístico de la ciudad, y como protagonistas a los propios Calhoun y Zach Brown que, noche sí, noche también, se dejaron ver y escuchar por semejante lugar; y, junto a ellos, el histriónico Médéric Collignon (de la banda de Andy Emler), Villu Veski (saxofonista, considerado el nuevo fenómeno del jazz estonio) y Neff Irizarry, guitarrista puertorriqueño residente en Helsinki, por improbable que parezca. Un buen tipo y un mejor músico.



En Clazz uno puede encontrarse con gentes y aficionados llegados de cualquier parte del mundo, incluso de las islas Canarias, y hasta es posible que sea besado al estilo noruego por la deslumbrante Maria Faust, saxofonista y compositora en cuyo último espectáculo se mezclan Mingus y el “free jazz” y las bicicletas de carreras. Desgraciadamente, uno no estaba todavía aquí para verlo/escucharlo.

Nota de color: si uno está disfrutando del jazz en lugar semejante y pretende echarse un cigarrito, y puesto que está obligado a hacerlo outside, se le provee de una manta para aquello de no morir por congelación; Dígame el lector si estas gentes son o no organizadas.

(1) Intrumento tradicional de cuerda pulsada emparentado con el kantele finés, el gusli ruso, el kokle letón, el kanklės lituano y, más lejanamente, con el koto japonés y el gu zheng chino.


fotos: J. M. García Martínez
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