miércoles, 11 de febrero de 2009

Lecciones de periodismo musical (III). "La larga noche de Bobby McFerrin"



Una vieja práctica del periodismo: introducir mensajes cifrados entre medias del texto sin que el lector lo perciba, de tal suerte que su verdadero significado solo pueda ser inferido por aquel/aquella al que el susodicho mensaje va dirigido. El abanico de posibilidades es prácticamente infinito, desde transmitir consignas secretas al enemigo, acordar una cita romántica o plasmar mediante palabra, y de forma sibilina, una situación real que el abajo/arriba firmante ha podido compartir con aquel/aquella al que se dirige secretamente. No hay en el oficio quien se haya privado de utilizar tan útil e inocua arma en alguna ocasión. Esencial: no desvelar el misterio a nadie.


En el principio de los tiempos fue Lou Reed, que debía haber sido la estrella del festival en su presente edición, o una de ellas, y no lo fue. Y es que, por alguna razón difícil de explicar, el autor de Berlin decidió a última hora no acudir a su cita en San Sebastián, con lo que la organización se vio abocada a buscarle un sustituto a prisa y corriendo. El elegido fue otro cantante, aunque muy diferente: Bobby McFerrin. Con esta sustitución se pasó de pasear por el lado salvaje de la existencia, al inocente don't worry, be happy. Gustos aparte, el cambio le vino bien al festival donostiarra. Bobby McFerrin fue la estrella indiscutible del día y un espectáculo en sí mismo.

Ensayos al margen, la jornada laboral del cantor comenzó a media tarde, cuando el susodicho hizo su aparición no anunciada sobre el escenario de cámara del Kursaal para saludar a su vieja amiga Dianne Reeves. Y lo que pasa en estos casos, que se comienza por un "hola, cómo estás", y se termina improvisando un dúo sin palabras que dejó a más de uno sin eso: sin palabras. Oírlo para creerlo.

Todo ello sin desmerecer a la verdadera protagonista del asunto con y sin McFerrin, la mentada Dianne Reeves, una cantante que no se parece a ninguna de las cantantes de jazz de la posmodernidad. Lo explica su repertorio, gozosamente encarnado en los clásicos del género, tanto como su voz luminosa y su honestidad sobre el escenario. Reeves es una cantante de jazz al viejo estilo, en el mejor sentido de la expresión. De lo que ya no queda.

De ahí, el aficionado que pudo permitirse semejante dispendio pasó al escenario vecino del Auditorio, donde Diana Krall -pura posmodernidad- ofreció su ración habitual de más de lo mismo. Esta vez Bobby McFerrin no apareció y hubo muchos asistentes que le echaron de menos, lo bien que hubiera venido.

Luego, la cosa se diversificó. Quien quiso, acudió al teatro Victoria Eugenia para escuchar al saxofonista Steve Coleman y su conjunto Five Elements, en gala organizada por la revista Cuadernos de Jazz que resultó un completo éxito. Otros aprovecharon el descanso entre conciertos para recobrar fuerzas antes de viajar hasta Zurriola, a la playa, para escuchar a Bobby McFerrin que, casualmente, pasaba por allí. Ahora, al polifacético artista le tocaba enfrentarse a una audiencia de varios miles de melómanos envueltos en arena y mantas, que la noche andaba fresquita como para no tener algún cuidado.

Era él solo y sin acompañamiento de ningún tipo, sentado al borde del escenario, y una canción, Smile, de Chaplin: el espectáculo, visto desde la zona VIP reservada a invitados y autoridades, con el mar y el Kursaal iluminado al fondo, resultaba simplemente sobrecogedor. Sin embargo, no estaba solo del todo. Tras el cantante se encontraba el Orfeón Donostiarra en pleno, ora sentados sus integrantes esperando el turno para intervenir, ora en pie, acompasando sus voces a las indicaciones sui generis de quien fue, por una noche, voz solista y director de la venerable formación.

Y, entre una cosa y la otra, Dianne Reeves, de nuevo ella, saliendo a escena desde las profundidades de vip-landia para reencontrarse con su amigo del alma y cantar con él un nuevo dueto, esta vez con música y letra: Don't get around much anymore, de Duke Ellington, letra de Bob Russell. Lo que pudo escucharse en noche encapotada, frente al mar y gratis. Algunos lo celebraron zambulléndose en las aguas tal cual sus progenitores les trajeron al mundo con nocturnidad y alevosía. La ocasión lo merecía.
(publicado en El País 26/07/2008)

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