domingo, 15 de marzo de 2009


Los paraguas de Aviñón 
 
foto: J. M. García Martínez
 
Estas son las cosas que joden. Cuando a uno le ceden el asiento en el bus que le lleva a uno y a otros cuantos, de la "T4" al platillo volante. Lo que eso significa que uno tiene el aspecto de alguien que necesita un punto de apoyo para tenerse en pie. Un miembro del consejo de ancianos. Qué mal rollo. Pasando.

Una partie de Campagne

Madrid-Marsella, Marsella-Aviñón. Tiempo sin pisar el Midi galo, la Costa Azul y la Provenza, tierra querida por mí donde me desbravé escuchando lo que no podía escuchar en mi propia casa entonces. Y no es que me guste especialmente la región. De hecho, le tengo una cierta manía. Niza, Antibes Juan-Les Pins, Saint Tropez, son sitios hechos para quienes pueden permitirse vivir en eso sitios y, a los que no, se les mira mal, mi/nuestro caso. Y es que hasta un ciego hubiera podido haber advertido que uno no estaba allí para pasar revista a sus inversiones inmobiliarias en la zona. Éramos unos hippies de tercera división en el país de la people más beautiful de todas las peoples. Los únicos hippies dispuestos a hacer carretera y manta para escuchar jazz. Pero qué raros éramos.

Íbamos a la Grande Parade de Niza –nada que ver con el actual Festival de Jazz de Niza- a escuchar a Bill Doggett y al Professor Longhair, que dios tenga en su gloria, y a Eubie Blake, Mary Lou Williams, Helen Humes, Buddy Tate, Cat Anderson, Milt Buckner, Jo Jones, Slam Stewart y demás glorias del jazz muertas y enterradas. En Niza, un ejemplo, uno vio a Stan Getz compartiendo escenario con Bill Evans (el pianista), Philly Joe Jones, Curtis Fuller, Marc Johnson –un niño, entonces- y Christian Escoudé, por los locales. O a Dizzy Gillespie con Doc Cheatham, Roy Eldridge y Grappelli más la correspondiente sección rítmica. Y todo ello en un ambiente pastoril como sacado de “Une Partie de Campagne”, la película de Jean Renoir, con los niños revoloteando alrededor de los escenarios instalados a lo largo y alto de la colina de Cimiez y sus padres cargando con la parienta, el tinto de verano y la cesta de picnic. Un escenario idílico en el que solo desentonábamos nosotros.
 

 foto: JMGM

Ikiru

Básicamente, aquello era un chollo. Por el mismo precio de la entrada, escuchábamos jazz a tutiplén y saciábamos nuestras hambres sin gastar un duro, no más teníamos que recoger las sobras que iban dejando los aficionados pudientes tras de sí. Según el chiringuito, uno podía encontrarse con una Bratwurst apenas mordisqueada o algo parecido a una ensalada Niçoise que el niño se dejó a medio comer, dichoso crío. Puestos a elegir, nuestros deshechos preferidos tenían la denominación de origen la región de Nueva Orleans, en los Estados Unidos. En una ocasión, el propio Dizzy Gillespie se apiadó de nuestra miseria y nos obsequió con unos rice & beans sin estrenar. Volvió a hacerlo, años más tarde, en Madrid, cuando servidor compartió con el trompetista unos suculentos huevos fritos con chorizo, plato por el que el jazzista sentía debilidad.

Luego, que el “hotel”, lo teníamos cerca: una playa de pedruscos como huevos que los gendarmes dejaban para lo último en sus matinales expediciones de limpieza. La compañía, la mejor posible, aunque ninguno entendiera qué hacíamos allí. Cada uno tenía su historia particular y resultaba muy instructivo escucharla de sus labios. Un polaco, un pareja de belgas, chica y chica, algún francés de aspecto sospechoso, ningún español, mejorando los presentes. Recuerdo a una que nos vino con el cuento de si le podíamos ofrecer un nice cigarrette de aquella manera insinuante; una joven dama de muy buen ver, recuerdo. Desconfiamos de ella desde el primer instante, y con razón. Olía a bofia a 3 km de distancia.

El año en que escogimos Antibes Juan-Les-Pins en lugar de Niza (¿1978?), estaban en cartel Earl “Fatha” Hines –un ídolo personal- y Count Basie con su orquesta, además del legendario Jabbo Smith y Woody Shaw con su cuarteto y Keith Jarrett en solitario, a poco de su concierto en Colonia, que menuda tabarra. El público europeo empezó a saber cómo se las gasta el gachó cuando, por megafonía, se hizo saber que estaba terminantemente prohibido grabar el concierto o hacer fotografías durante el mismo y el infractor que fuera sorprendido haciendo una cosa u otra o ambas, sería despojado de su magnetofón/cámara fotográfica y arrojado a los leones sin misericordia. Solo hubo un fotógrafo que, impertérrito, siguió a lo suyo, como si la cosa no fuera él. Ese fue Javier, mi colega, cuyos conocimientos del idioma francés eran similares a su interés por la biografía del molusco tropical en ciertas regiones remotas del Amazonas. Los allí presentes le tomaron por un miembro del staff organizativo y le abrían paso con lo que pudo moverse a su antojo delante, sobre y detrás del escenario. Histórico.


Sara en el Palacio Papal
foto: JMGM


Los paraguas de Aviñón

Paramos en Aviñón por algún motivo sólido y justificado que no recuerdo, un enlace entre un tren y el siguiente, lo más probable. Entonces no era como ahora, el avión era cosa de cuatro y la chusma utilizábamos el tren, el autobús o el dedo. Nuestro “hotel”, en esta ocasión, fue la estación de tren que no era como ahora, sino un edificio canijo y cutre cuyo frío suelo compartimos con otros ciudadanos de tez oscura y carácter afable. Aquí, los gendarmes no eran las delicadas criaturas de la Costa Azul sino unos cafres con muy escasa simpatía por los desheredados por la fortuna. Cada mañana, una pareja de aquellos venía a despertarnos cachiporra en mano, madames, messieurs, ¡plif!, ¡plaf!, un moratón en la planta del pié, un huesecillo salido de su sitio, qué risas. Yo me libré por los pelos. Mi colega de viaje, Javier el fotógrafo, no tuvo tanta suerte. El morado le duró hasta la vuelta.

No tengo ni idea de cuánto tiempo estuvimos en la ciudad, sí que coincidimos con el festival de teatro que se celebra en la villa cada año en el mes de julio. La urbe bullía, literalmente, sus calles y plazas eran pasto de titiriteros y faquires, buscavidas y caraduras, gentes de talento y timadores, de todo. Con nuestro habitual criterio selectivo, escogimos a un “monologuista” –entonces no se les llamaba así- recién llegado de las profundidades del Bronx a la ciudad papal sin otro objeto aparente que el de dar la murga al personal. Un sujeto de raza negra y aliento pestilente que empleaba para ahuyentar a la clientela. Si no conseguía echarlos el alcohol, pasaba al insulto y a la vejación pública, fuck you and fuck your fucking mother and all fucking frenchies, y todas las restantes combinaciones posibles del verbo inglés “to fuck”. Un sujeto admirable, aquel, que se ganó de inmediato nuestra simpatía.
 

 foto: JMGM

 
He necesitado treinta años para volver a Aviñón. Tengo una hija, Sara, que vive ahí. Su edad, ahora, es la que más o menos podíamos tener nosotros cuando visitamos la villa, tiempo ha. La muchacha estudia, trabaja, se esfuerza en aprender las reglas del juego. Se ha echado a la vida. Uno la ve abandonando el nido y, cuando se quiere dar cuenta, está volando por su cuenta. Como está mandado, supongo.

Sara dedica su tiempo a los estudios y a pasear a “Donuts” –un perrito feo y encantador- y a protestar porque las cosas no son como los mayores –nosotros, o sea- se lo habíamos prometido, y el que quiera saber más, puede visitar su blog, sección “Otras Hierbas”, segunda a la izquierda (“La metafísica del croissant”). Claro que ni esto es París ni estamos en mayo del 68: la movilización durará mientras no peligren las notas a fin de curso, según acuerdo de los amotinados. Utopías, las justas.

Por lo demás, la ciudad sigue donde estaba, lo que resulta tranquilizador, y los aviñonenses también están ahí y no se han ido a vivir a Nimes o a Poitiers. Buena gente, con sus cosas, y quién no las tiene. Viven doucement y hacen lo posible para que el forastero se sienta a gusto. Tienen un festival de flamenco y un bar de “Tapas Locas” con algo muy parecido a unas verdaderas tapas a un precio razonable. Aconsejable, las berenjenas en pisto, recomendación de mi hija. Para escuchar jazz está La Manutention. Hay un club Belgocargo, pero como si no. Entrada con suplemento + menú y vela = un pastón. Escuchar jazz en Francia, me cuenta Sara, es cool, un pasatiempo de burgueses, lo que no era cuando uno viajaba estas tierras. Está claro que cualquier tiempo pasado fue mejor o, al menos, más barato.

Llueve sobre Aviñón y no me he traído el paraguas.
 
el mundialmente famoso puente de Aviñón
foto: JMGM
 

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