lunes, 5 de enero de 2009


Eubie Blake: una experiencia personal

Con 95 años. Eubie Blake se sentaba al piano del revés, las piernas cruzadas y el rictus burlón. Se arrimaba al micro –un artilugio que empezó a utilizar a los cincuenta- y evacuaba consultas con la audiencia, y puede que ésta le solicitara "Memories of You" o "I'm Just Wild About Harry", él interpretaba lo que le daba la gana, “The Man I love” o “Ruby my Dear”. Ignoraban que Blake era el único pianista de salón del mundo que jamás interpretaba las piezas que se le solicitaban.

Me topé con el singular hombrecillo en una de las “kermés” que proporcionaban a la Grand Parade du Jazz nicense el aire bucólico/pastoril tan Renoir (Auguste o Jean), año de 1979. Recién había concluido su recital a piano solo y el proto-jazzista se hallaba dando cuenta de alguna especialidad de la cocina criolla del Sur de los Estados Unidos con la ferocidad de un chiquillo de quince años sometido a dieta desde los nueve. Casualidad que aquel verdadero tesoro viviente se ofreciera tan oportunamente a tiro del bisoño entrevistador llegado a la Costa Azul sin otro afán que el de escuchar algo de jazz y sobrevivir rebañando las sobras dejadas por los seguidores del jazz pudientes. Ya fuera por la abismal diferencia de edad o por la cómica parquedad de mi inglés, que el creador de “I´m Just Wild about Harry” se avino a compartir sus recuerdos en un florido aparte de las arenas de Cimiez desde el cual divisábamos y éramos divisados por cuantos pasaban cerca. Y allí, lo que debió ser una entrevista, fue otra cosa. Una pesadilla, sería la palabra adecuada.

Para empezar, cualquier atisbo de conversación era cercenado de raíz a causa de los múltiples requerimientos del anciano, cuya presencia ejercía como un imán para sus colegas en un radio de varios kilómetros a la redonda. Uno tras otro, desfilaron por nuestro “stand” improvisado Bill Evans y Helen Humes; Harry “Sweets” Edison, Buddy Tate, Doc Cheatham, Cat Anderson, “Panama” Francis, Clark Terry, Wild Bill Davison, Mary Lou Williams, Stephane Grappelli, Illinois Jacquet… un abrazo, el consiguiente intercambio de frases cordiales, y a esperar al siguiente. De la acordada entrevista, todavía, nada.

Esto fue al principio. Cuando la nómina de músicos de jazz disponibles se agotó, les sucedieron las jóvenes “misses” de la región, cuya presencia aledaña despertó en mi interlocutor un inesperado ataque de hormonas incompatible con cualquier pretensión de conversación racional. Para cuando me quise dar cuenta, el susodicho se hallaba acompañando el andar sincopado de una joven y bien proporcionada aficionada al jazz que, sorprendente, no parecía hacerle ascos al nonagenario y vitalista Don Juan. Y mr. Blake, 95 años de pura testosterona, echaba humo por las orejas y parecía encantado de la vida. La escena duró lo suficiente como para desear la muerte allí mismo de los tortolitos. ¡Quien sabe qué revelación sensacional acerca de Scott Joplin se perdió la Humanidad por causa de esta inconsciente que, simplemente, acertaba a pasar por ahí!. Y aún hubo una segunda y otra más… para entonces, la cinta del cassette había concluido su recorrido por las dos caras y todo lo que tenía eran 5 minutos de frases entrecortadas y media docena de llamadas desesperadas al orden. Decidí apelar al viejo principio del periodismo: “si no puedes con tu entrevistado, únete a él”. Y cambié de estrategia.

- “Y qué me dice Vd. de aquella morena, señor Blake?”

El vetusto jazzista se giró hacia mí y, con gesto pícaro, me guiñó un ojo. Por fin, hablábamos los dos el mismo lenguaje.

Chema García Martínez. Niza (Francia), 1978
 

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