viernes, 23 de enero de 2009

"Hambre de Zorn"

Moonchild

John Zorn, sonido y dirección; Mike Patton, voz; Joey Baron, batería; Trevor Dunn, bajo


Vino John Zorn a la única ciudad del Occidente cristiano que no ha pisado en un lustro. Su último concierto madrileño tuvo lugar en el colegio mayor San Juan Evangelista, en el 1999. Y, desde entonces, a verlas venir, y si uno quería escuchar a este tótem de la modernidad transgénica, tenía que irse a Londres, o a Nueva York, o a Barcelona.

Luego ocurre que Zorn viene a Madrid y no ha sitio donde ubicarle, y acaba tocando en el Joy Eslava, lugar famoso por la afabilidad de sus hombre de negro –vulgo, personal de seguridad- y un cierto aroma a pijo que no se asocia con la cochambre propia del músico/productor/compositor/discográfico neoyorquino. Pero esta ciudad es así. Es lo que hay.

Había hambre de Zorn, y allá que se fue el aguerrido ejército de los melómanos sin fronteras que, en esta ciudad, son más de los que se cree, entre los aficionados al jazz de miras amplias y los metaleros que idem de idem (la presencia del cantante de Faith No More tiraba mucho) y los que ni una cosa ni la otra, pero ya que estaban, se pasaron a ver de qué iba el asunto. Y el asunto empezó de aquella manera, que podría ser la de un trío de bajo, batería y voz tocando trash-nu metal, donde el batería es un músico de jazz, el cantante no canta –brama, escupe, tose o le dan arcadas, para espanto de los de las primeras filas-, y el bajista, no sabe, no contesta. Difícil ubicar una música extrema y descoyuntada en la que no se alcanza a distinguir una nota afinada al canónico modo, seguramente porque no existe. Pura energía pero no desbocada: el abajo firmante pudo comprobar que todo en ella está escrito, incluso las toses; y los momentos para la improvisación –de donde su presunta cercanía con el jazz- están severamente delimitados.

Desde su insólita perspectiva, “Moon Child” se esfuerzan por no satisfacer los gustos de la audiencia, y uno llegó a sentir pena por quienes aguantaron el avasallador aluvión de modernidad y decibelios esperando la salida de John Zorn al escenario, que no se produjo: el saxofonista, que había permanecido oculto cuidadosamente tras las bambalinas, salió a saludar tras el “bis” con los demás integrantes del conjunto y eso fue todo. Por lo que parece, su papel en “Moonchild” se limita al de compositor de las piezas y técnico de sonido, lo que, para él, es bastante, y para algunos, un timo como el de la estampita. El remate adecuado a una velada memorable y desconcertante: “esto es broma, ¿no?”.


(Versión original del artículo publicado en El País 05/04/08)

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