miércoles, 7 de enero de 2009

Visiones del “Coloso” (I). En torno a Sonny Rollins

fotografía: Coral Hernández


Crónica de un tiempo excepcional junto a Sonny Rollins.


Nacidos en los treinta

Nacidos en un corto período de tiempo, John Coltrane (1926), Ornette Coleman (1930) y Sonny Rollins (1930) conforman el triunvirato de creadores más asombroso que ha producido el jazz en su historia. Partieron los tres de un punto común –la duda metódica- hasta que, inevitablemente, sus caminos divergieron. Su obra, en cualquier caso, no muere: pasado el tiempo, el aficionado aún escucha conmocionado al primero asomándose a su propia extinción en los magníficos “Om” e “Interstellar Space”, al tiempo que renueva su fe en Ornette, hacedor del más extraño y fascinante de los mecanismos musicales que ha generado el jazz. Y aún cuando no haya unanimidad al respecto de su música actual, se descubre ante Rollins, en quien se reconoce al maestro incontestable; quien hizo de la duda su primordial fuente de inspiración.

Aquellos viejos fantasmas de nuestro pasado que sobreviven se enfrentan hoy a un proceso de lógica decadencia biológica. Si su música ya no es la que fue, gozan, en cambio, de la más amplia y generosa respuesta del público.


Sonny at home

Noviembre de 1982. Federico González y yo compartimos una habitación del hotel InterContinental, en Madrid, con el “saxophone colosssus” y su mujer, la amigable y eficaz Lucía. La publicación de la entrevista, primera a un medio de comunicación español, causa auténtica conmoción, tanto como la fotografía que la acompaña en la que puede verse al músico posando en batín (1).

Junio de 2006. Quienes se hallan interesados en ello le pagan a uno el viaje a Nueva York para entrevistar por segunda vez a Sonny Rollins. Madrid-NY y NY-Germantown por la autopista 87.

Germantown: ciudad residencial junto al río Hudson a dos horas en coche desde Manhattan. Poco más que una gasolinera y una desangelada calle mayor; a nuestros ojos europeos, nada que pueda identificarse como un lugar habitado.

Recorremos los alrededores buscando la morada del coloso por parajes semi-boscosos demasiado parecidos los unos a los otros. Ni siquiera el dueño del pequeño taller de automóviles contiguo a la nada ostentosa casa de campo donde mora la última leyenda viva del jazz, conoce de su existencia. De algún punto llega el eco cercano de un aparato de TV en funcionamiento. Como nadie responde, dirijo mis pasos hacia un chamizo situado al fondo de la supuesta morada del jazzista, por una de cuyas ventanas alcanzo a ver un ejemplar en CD de “Way Out West”. Ya no cabe duda de que estamos sobre la pista correcta.

Con emoción y reverencia saludo a Theodore Walter Rollins que acaba de hacer su aparición. “Ya creí que se habían perdido”. El saxofonista –redecilla y gafas oscurecidas, jersey y pantalones negros, botas verdes de pocero – nos conduce a su refugio situado a la espalda de su no tan pequeño rancho. Avanza a grandes y balanceantes pasos sorteando la piscina cuyo estado de abandono le proporciona un aspecto lánguido y poético. “Desde que no está mi mujer nadie la cuida”: Rollins lleva una vida solitaria y escueta menos propia de un “coloso” que de un ser humano vulnerable y tierno que ha de convivir con el recuerdo omnipresente de Lucía, fallecida hace dos años. Seguirán dos horas largas de apasionante conversación que hubieran dado para todo un libro (2). Transcurridas las mismas, hubo de ser uno mismo quien, temiendo cansar a mi interlocutor, decidió dar por concluida la entrevista. Fue el momento de sus preguntas: “¿Cuál es la situación en Euskadi?”, “¿qué tal con su nuevo gobierno?”, “y Aznar, qué dice de lo que está ocurriendo”, “¿y los fascistas, son como cuando vivía Franco?”… antes de irnos, nos pide una “txapela”.


Sonny Rollins ya no duda (3)

Habíamos escuchado muchas veces a Sonny Rollins -nos habíamos acostumbrado a su presencia, hasta donde ello es posible- pero nunca así; nunca sabiendo que ya nada volverá a ser como antes, que los tiempos en que él, y otros como él, eran moneda corriente dentro de los festivales de jazz –cuando en los festivales de jazz había jazz-, nunca volverán. Aquella verdadera edad de oro del jazz, cuando aún era una música imprevisible y promiscua...

Fue una de esas noches, la del 16 de julio del 2006, Festival de Jazz de Vitoria, de las que no se olvidan. Quizá no el mejor Rollins de la historia; desde luego, el más conmovedor y, al fin y al cabo, de eso se trata (o eso se supone).

Y el extraño fenómeno que, de nuevo, cobra forma ante los ojos atónitos de muchos: ¿qué ha tenido que ocurrir para que, finalmente, no quepa un alma en Mendizorrotza?; ¿de donde han venido todos estos?.

Uno vio al anciano vulnerable de andar cojitranco erigirse sobre el pedestal, bordeando los límites del escenario como un ídolo rock, balanceándose, aullando. Y la multitud a sus pies agitando cuerpos y manos, fuera de sí. Dos, tres horas electrizantes de sonidos preclaros y sudor a mansalva: ¿a quien le importa el título de la pieza cuando se está rozando el cielo?.

Entonces llegó aquel “St. Thomas”, que es tema no hecho para ser escuchado, sino gozado en cuerpo y alma. Un “St. Thomas”, el que escuchamos en Vitoria, como nunca se ha escuchado y, acaso, nunca vuelva a escucharse.

El espectáculo continuó en los camerinos. Para mi suerte pude permanecer a su lado mientras iba despachando a la multitud de “fans” que hacían cola con una fotografía, la entrada al concierto o un antiguo disco; algunos pretendiendo, simplemente, tocarle. A todos les atendió con detenimiento y dedicación, haciendo gala de una paciencia infinita.

Terminado el trámite, acompañé al maestro al coche en su camino de regreso. “No olvide escribirme”. De regreso al hotel, 2.45 de la mañana (¡hasta esas horas había estado atendiendo el saxofonista a sus “fans”!), me consideraba el ser más afortunado del universo.


José María García Martínez

publicado en Tomajazz, 2006 http://www.tomajazz.com/perfiles/rollins_visiones_del_coloso.htm


(1) Quartica Jazz, enero de 1983

(2) la entrevista fue publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 8 de julio de 2006 (“Sonny Rollins, coloso del saxo”)

(3) parte de este texto ha sido publicado en: http://www.jazzvitoria.com/web2006/cast/lomejor/sonny_rollins.html

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